Despedida desde un escaparate

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoLas revoluciones terminan fagocitando a los revolucionarios, extinguiéndolos hasta el punto de que sólo nos quede de ellos una memoria emocional y otra memoria oficial. Las revoluciones siempre han terminado con los revolucionarios, desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, tanto en la política como en cualquier otro aspecto de la vida. Si la revolución hace honor a su nombre y tiene la fuerza suficiente para conseguir transformar la concepción del mundo e instaurar una nueva forma de hacer las cosas, una cosa es segura: el revolucionario lo pagará con su cabeza. Tal es el cúmulo de intereses que se volverán en su contra que terminará, primero, convirtiéndose en sospechoso y, luego, en víctima. 

Un ejemplo de lo que digo lo aporta de forma clara la Revolución Francesa, el paradigma moderno de revolución porque afectó a todas las facetas de la vida, desde la denominación del calendario hasta la organización de la asistencia sanitaria, de la formación universitaria, de la orientación de la ciencia, de la organización social… Pues bien, como todos conocemos, la Revolución Francesa acabó con sus teóricos Danton, Robespierre, o el propio Lavoisier, por uno u otro motivo, basado en acusaciones no siempre bien fundadas y de discutible pertinencia en un contexto revolucionario. Pero ese mismo contexto puede justificar muchas cosas, o eso es lo que los revolucionarios sustitutos proponen y lo utilizan como justificación para sus actos. O, tal vez, se trata de algo tan elemental como la necesidad de podar lo superfluo o dañino para asegurar un desarrollo adecuado y dirigido de las nuevas semillas.

Se cumple ahora el centenario de la revolución bolchevique, que siguió por el manual muchas de las características de toda revolución. Esta fue inicialmente política para terminar afectando a todos los aspectos de la vida de los rusos de las regiones limítrofes sometidas mediante la acción militar y las ordenanzas legales surgidas del triunfo de una forma de pensamiento y de una serie de estrategias conductuales de llevarlos a término. Como ocurrió con la Revolución Francesa, la soviética también acabó con buena parte de sus ideólogos revolucionarios y alguno de ellos sufrió persecución a lo largo y ancho del mundo hasta que terminaron con su vida, como rememora cualquiera biografía de León Trotski.

El comunismo consiguió uno de los objetivos de las revoluciones: su expansión más allá de los límites físicos de las fronteras que acogieron su emergencia. Y así, el comunismo, ahora en vías de rápida reconversión a un capitalismo con muchos adjetivos, se extendió a países de los cinco continentes y se ha mantenido firme hasta hace cuatro días, con la excepción de pequeños territorios donde permanece enseñorado en la más oscura de las sociedades.

Pero estas líneas tienen la intención de traer un recuerdo de Fidel Castro que se fue físicamente hace unos meses, aunque estaba ausente desde hacía bastante tiempo. Un Fidel Castro al frente de un régimen subsidiado por Rusia al que Estados Unidos hizo grande al condenarlo a resistir heroicamente uno de los bloqueos más salvajes que se conocen en la historia reciente. Fidel Castro, revolucionario de corte clásico y revestido de todos los comportamientos de los revolucionarios dispuestos a dejarse el pellejo por la pureza de la revolución, ha hecho honor a las virtudes del comunalismo pero también a sus muchas miserias y privaciones, la de la libertad en primer lugar y en todas sus manifestaciones.

El funeral de Fidel Castro, aunque reciente, está perdido ya en el monte del olvido y su propia figura empieza a luchar contra el inexorable paso del tiempo y el peso de la historia. Ahora ha empezado un período más o menos largo de dilución en los acontecimientos y en la vida de las personal y de los pueblos, del que es tan impredecible saber cómo saldrá como aventurar lo que quedará de su figura y su obra dentro de otros cien años. Una vez muerto, el revolucionario ya no será lo que él diga, sino lo que digan de él; y no lo que digan sus compañeros de empeños, sino lo que digan y demuestren quienes se opusieron a él y quienes de forma crítica escriban la historia de los siglos XX y XXI.

Para entonces Fidel Castro ya no podrá decir nada ni participar en la historia. Sólo podrá hacerlo, como asiste en estos días a la conmemoración del centenario de la revolución, asomado a los fastos desde los expositores de las librerías en las que acaso comparta escaparate con aquellos líderes a los que tantas veces invocó.

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