Lo que hay, como antídoto

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLos adivinos, futurólogos, videntes, augures, echadores de cartas, astrólogos, pitonisas y demás charlatanes, tanto pretéritos como contemporáneos, dictaminan lo que está por venir mediante procedimientos disparatados como escarbar en las tripas de un pájaro o leer los posos de un café de puchero. En la antigua Grecia ningún reyezuelo se aventuraba en una campaña bélica sin antes consultar el Oráculo. En el de Delfos, por ejemplo, sus sacerdotes garantizaban la infalibilidad de sus vaticinios mediante trucos gramaticales tan pedestres como colocar una coma en un lugar u otro de la oración. «Irás y vencerás, no morirás en la batalla», le aseguraron a uno de esos monarcas cuando se disponía a guerrear con el enemigo. Como quiera que el consultor sufrió una aparatosa derrota y perdió la vida, sus herederos acudieron a la oficina de reclamaciones del centro demoscópico para pedir explicaciones. Salieron con el rabo entre las piernas ya que, les dijeron, su papá no había prestado la suficiente atención porque, mira por dónde, resulta que el signo ortográfico no iba delante de la negación sino detrás. O sea, «irás, vencerás no, morirás en la batalla».

Pues nada, en los tiempos que corren, amén de interpretar o reinterpretar los galimatías con los que nos castigan nuestros dirigentes mirándoles en lo más profundo del iris o buscando certezas ocultas en su postura corporal, deberemos ir habituándonos a poner la lavadora o el lavavajillas en función del Anticiclón de las Azores, la ciclogénesis explosiva en el Cantábrico, las rachas atemporaladas en la meseta castellana o la pertinaz ausencia de lluvias en el Levante español que nos anuncien desde sus púlpitos televisivos los hombres y mujeres del tiempo. Estos sí, basándose en previsiones fundamentadas en observaciones científicas más atinadas cada día que pasa.

Álvaro NadalAsí lo ha recomendado el ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital Álvaro Nadal: Tendremos que acostumbrarnos a pagar más por la energía en momentos determinados y a una dinámica «con mucha volatilidad» de precios porque, oiga, así como los griegos estaban en manos de los dioses, los abonados estamos al albur de la meteorología. Siguiendo la estela de su jefe de filas y gran predictor del PP, Mariano Rajoy, la culpa de que se nos dispare el críptico recibo de la luz y de que la energía sea en España más cara que en otros países de nuestro entorno es del cha-cha-cha. Es decir, de que no llueva café en el campo ni agua en los acuíferos y en los embalses. Nada que ver, por supuesto, con una regulación deficiente del mercado ni con el hecho de que las compañías engrosen sistemáticamente, con independencia de las condiciones atmosféricas, su cuenta de resultados. Ninguna relación, faltaría más, con circunstancias baladíes como que el territorio europeo con más horas de sol al año no aproveche suficientemente el potencial fotovoltaico del astro rey ni con las añagazas administrativas que han cercenado la posibilidad de que el viento sea una alternativa real o, al menos, un complemento eficaz.

En la recomendación del ministro subyace la malévola doctrina que impele al ciudadano a la resignación y a la renuncia. «Es lo que hay», te dice un padre de familia que ha logrado un miserable contrato con fecha de caducidad después de meses o años sin ingresar un maravedí en su cuenta corriente. «Es lo que hay», intenta autoconvencerse un joven obligado a hacer más horas, sin cobrarlas, de las firmadas en papel mojado merced a un reforma laboral perversa. «Es lo que hay», se lamenta un universitario con varios máster en la maleta en la escalera del avión que le lleva hacia un futuro incierto no ya como emigrante sin derecho a sufragio gracias a ese aberrante voto rogado que le impide ejercer su derecho a decidir, sino como integrante de la avanzadilla denominada «movilidad exterior» por la titular de Empleo Fátima Báñez.

Acostumbrémonos todos, hombre. Por elevación, que la normalidad sea que tres potentados concentren más riqueza que veinte millones de contribuyentes, y que el Mediterráneo se haya convertido en una tumba para miles de personas que huyen de guerras propiciadas en parte por los intereses económicos de las grandes multinacionales. Vayamos haciéndonos  a la idea de que Trump, y los movimientos ultraderechistas a los que ha dado alas el presidente de los EEUU, han venido para quedarse. Es lo que hay. Acostumbrarse es el mejor antídoto contra la frustración.

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