Tiempo de chantajes

AGUSTÍN HIDALGO 

La política se suele definir como el arte de hacer posible lo imposible, de conseguir cosas, de conseguir lo máximo para los intereses propios al menor coste y en detrimento de los objetivos del prójimo (que a estos efectos poco importa). La política, se dice también, es el arte de ejercer equilibrios por muy asimétricos que estos sean. La política es, en esencia, el arte de la elegancia chantajista por excelencia. Y se manifiesta continuamente cuando no hay mayorías absolutas.

La historia reciente de nuestro país ilustra perfectamente lo expresado en el párrafo anterior. Cuando ha habido mayorías absolutas, se ha gobernado sin política; en cambio, con gobiernos en minoría parlamentaria, ha habido que recurrir a todo tipo de artimañas para alcanzar los objetivos deseados, o lo más próximos posible. Y es en esta circunstancia, cuando hay necesidad de pactos, cuando emerge la política en sus buenas y en las peores formas, es decir en forma de chantajes. Y aquí los nacionalistas se han llevado la palma en toda la historia de nuestra democracia.

Pero seamos elegantes, nadie chantajea (¡qué palabra tan fea!), sólo hace algo a cambio de algo. Una cuestión semántica como cuando los niños son privados del descanso del recreo por motivación y no por castigo. Los vascos, en plena transición y en periodo constituyente, sacaron adelante la pervivencia de ventajas fiscales por hacerle un favor a la España que amedrentaban con atentados continuados. Y siguen con las mismas prácticas: ayer mismo su portavoz parlamentario ha explicitado una llamada del Gobierno para hablar de los presupuestos y, cómo no, se han declarado dispuestos a hablar siempre y cuando el tal Gobierno rectifique algunas conductas y posicionamientos que, naturalmente, no son conformes a sus intereses.

Los catalanes no han sido ni son menos que los vascos, aunque con una bronca diferente. La amenaza constante de la independencia les ha permitido una posición de privilegio en muchos ámbitos de la gobernabilidad, de las finanzas, de la ciencia, de los medios audiovisuales, etc. impensables sin una conducta chantajista muy premeditada. Pero es política y, como arte que es, en ella está permitido todo siempre que cuente con el beneplácito o la aquiescencia de la parte contraria. Las demás comunidades también han hecho lo que han podido, en la medida de sus posibilidades, claro.

Pero no es sólo la política el único campo en el que se da este comportamiento. Antes bien, forma parte de nuestra vida cotidiana, habita el comercio, marca las relaciones de vecindad, y ha permeado las estrategias de las apuestas por el desarrollo científico y tecnológico, como ilustra perfectamente el mapa nacional al respecto.

Pero mientras que van arreglando o desarreglando las relaciones políticas del país se van sumando nuevas manifestaciones de chantaje. ¿O es que no es un chantaje crónico el que mantiene la Sra. Tita Cervera con el Gobierno a propósito de su colección de arte? Desde luego, los mentideros y los titulares de prensa no dan margen a pensar en otra cosa. Pero el gobierno mira para otro lado convencido de que, tarde lo que tarde y acabe como acabe, acabará. Y si ha de terminar de alguna forma, para qué entrometernos donde no nos han llamado, a menos que sea por un equívoco en los números de teléfono.

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