Un mal día lo tiene cualquiera

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoNo hace mucho tuve unos de esos días que suele presentarse sin previo aviso. Después de días de sol había llegado la nube. Llovía de esa forma larga, continua, pertinaz y exasperante como sólo llueve en el norte. La temperatura había bajado y el cuerpo se encontraba tan incómodo como el ánimo. Incapaz de aguantarme salí a pasear para buscar consuelo peripatético.

Pero las noves no se alejaban de mi ánimo y un mal humor creciente (contra nada y contra todo) se iba apoderando de mí y me fui quedando sin elementos discursivos que utilizar como distractores. Y me puse a correr (yo que nunca corro, que cuando veo a alguien correr dirijo la mirada a la estela que va dejando por ver quien le persigue), tal vez por tapar con el ejercicio físico el inútil ejercicio intelectual, de tapar con el dolor físico el dolor emocional. Y me vinieron al recuerdo toda una suerte de textos literarios que hablaban de la nueva épica hedonista de correr por nada, de hacer deporte por nada, de sufrir por nada, sólo por correr, por hacer deporte, por sufrir… y, tal vez, como dicen, por el placer de los opioides endógenos que euforizan como la morfina (aunque los llamemos elegantemente endorfinas).

No sé cuántos objetivos sociales (de conquista social) se han asociado a esta dilación hegemónica en nuestro tiempo. Hay carreras solidarias para casi toda suerte de motivos nobles, por mucho que los cacos sigan corriendo como siempre, aunque han descubierto que las divisas corren más rápido, con menos sudor, y dejan menos huellas en el césped. Pero yo, decía más arriba, me puse a correr por espantar fantasmas como si corriera por causa noble alguna.

Naturalmente me agoté en un puñado de pasos. Una heroicidad dada mi impecable condición física, nunca sometida al maltrato de la disciplina deportiva y casi de ninguna disciplina. Este precoz agotamiento no consiguió la recompensa morfínica, sólo cansancio y un aumento del fastidio. Tal vez por eso se intensificaron las angustias y los pensamientos sombríos. Tal vez por esto, me asaltaron algunos pensamientos de los clásicos sobre el capricho de los dioses por volvernos locos antes de arrebatarnos la existencia.

Y entonces, en medio de tamaño desconcierto, apareció una clara percepción: ¡Rajoy es un administrador de inmuebles! Me detuve un rato en ello y me ratifiqué: dirige esto como una comunidad de vecinos en la que hace lo que le viene en gana y lo vende como si fuera la razón objetiva de cada cual; nunca tiene una propuesta propia y autónoma, sólo gestiona sugerencias e imposiciones de los vecinos (sea este el FMI, el Eurogrupo…), nunca resuelve nada motu propio, y aburre a derramas a los inquilinos del lugar. Sí, este hombre es más un administrador de patio de vecinos que un presidente de Gobierno. Y ha ratificado su talante ofreciéndose como intermediario a lo largo y ancho del orbe de otro administrador que no parece saber qué  y, sobre todo, cómo tiene que administrar lo que tiene entre manos.

El paseo terminó en uno de esos inexplicables saltos temáticos que ocurren en las mentes inestables. Llegó Cicerón con sus tribulaciones milenarias para decirnos,  sobre lo que tenemos entre manos, que “corren malos tiempos, que los hijos no obedecen a los padres y que, además, todo el mundo escribe libros”. Para ratificar su verdad, escribo esto.

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar