Sin vacuna contra la estupidez

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoUno nace cuando nace, donde nace, de quien nace; y cada una de estas circunstancias condiciona la calidad de vida de las personas y forma parte de las bases de la sociología y de la demografía actual por razones muy elementales. Si naces unos años antes o unos años después (pongamos tres decenios) la historia que te toca vivir ya no es la misma que si naces hoy. Hace treinta años había ilusión y esperanza, la sociedad rural aún tenía un peso relevante en nuestro país, la política no tenía el nivel de corrupción que hoy la orla y en el terreno cultural había inquietudes de cierta calidad que definían la época como una época de proyección hacia un futuro donde todos accederíamos a unos niveles de confortabilidad nunca antes alcanzados. Digamos que se consiguió con la denominada sociedad del bienestar a cuyo desmantelamiento asistimos hoy. Pero ahora buena parte de la España rural es un erial despoblado del que, como ha denunciado el escritor Sergio del Molino en La España vacía, vemos como un secarral irredento al que no dedicamos ni tan siquiera una reflexión agradecida. Qué será del mundo y del país dentro de treinta años no lo sabemos, pero sin lugar a dudas no tendrá mucho que ver con el actual dado el desarrollo tecnocientífico y las profundas transformaciones que está condicionando.

Estés o no de acuerdo con el párrafo anterior, sin duda, apreciado lector, lo estarás con el hecho de que el lugar donde naces condicionará en buena medida el desarrollo personal y profesional de la mayoría de las personas. Esto, que es una realidad a nivel internacional (sólo es necesario comparar las expectativas de los nacidos en Asia o África con los que vienen al mundo en América del Norte o en Europa), no lo es menos a nivel nacional dadas las diferencias interregionales en muchos aspectos sociales. Todos conocemos cómo el desarrollo industrial es drásticamente diferente entre las Comunidades Autónomas, cómo las diferencias económicas y el poder adquisitivo se van separando cada vez, cómo entre unos barrios y otros de las grandes ciudades de España puede haber una diferencia de ocho veces el poder adquisitivo y, en consecuencia, de las posibilidades de desarrollo, cómo el acceso a la sanidad y la calidad de la misma reconoce diferencias de clase, acentuadas por la crisis económica, o cómo el acceso a las grandes manifestaciones culturales está restringida a unos pocos. Por tanto, el lugar donde se nace sí que condiciona las posibilidades de desarrollo del individuo por mucho que las facilidades de movilidad y migración son mayores que en tiempos pretéritos.

Y también es importante la razón de cuna porque no es lo mismo nacer rey que plebeyo, en familia acomodada o menesterosa, en el seno de la abundancia y de disposición de recursos para atender la formación y las expectativas de vida que nacer en las más estrictas necesidades sin llegar a cubrir los mínimos necesarios para hablar de calidad de vida y, en algunos casos, ni tan siquiera de vida. Queda por tanto claro que eres tanto de cuando naces, de donde naces y de quien naces, y esto explica la diferencia de clases, de sociedades o de individuos, como quiera que queramos plantear el problema. Y estos mundos se van separando cada vez más.

Por otra parte, la creencia de que el progreso de las naciones y de que la lectura y la cultura en general “crearía un mundo más justo, más tolerante, más pacífico y, en suma, más humano”, hay que ponerlo en tela de juicio porque, como escribió hace unos años Luisgé Martín “la lectura (el desarrollo y la cultura, podríamos añadir por extensión) no engendra, necesariamente, hombres buenos, ni menos corruptos, ni menos déspotas, ni personas menos violentas”. Pero además, la violencia sistémica que se está viviendo en algunas regiones del globo indica que se puede ser culto y canalla, que se puede ser poderoso e inicuo, y declarar guerras, elevar muros y atentar contra el prójimo como el individuo más abyecto sobre la tierra. Siempre habrá poderosos que se consideren con el legítimo derecho de enviar a otros seres de su misma especie a contiendas de las que difícilmente saldrán con vida o con la suficiente integridad emocional como para seguir viviendo.

Y todavía, el principal estratega de la Casa Blanca del nuevo inquilino de pelo de color zanahoria, Steve Bannon, cree que “la violencia y la guerra pueden tener un efecto limpiador y que para salvar a Europa del laicismo y la influencia musulmana es inevitable el conflicto armado” y por eso el nuevo gobierno USA insta a Europa a gastar más en armamento. Y su jefe máximo anuncia que recortará todos los apartados del presupuesto para añadir otros cincuenta y seis mil millones de dólares a gastos de defensa, con lo que sobrepasaría holgadamente los seiscientos mil millones. Este anuncia se presenta con el adobo inquietante de una proclama de otro tiempo: “Tenemos que volver a ganar guerras”, una invocación que traduce ignorancia histórica e incongruencia política, porque si lleva adelante su política de diezmar la población ¿a quién va a enviar a la guerra?.

En fin, parece claro que nacer en el país más poderoso del mundo, en cuna de abundancia, no inmuniza contra la estupidez.

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