Hablar por hablar

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEl alcalde de Alicante Gabriel Echávarri es un señor que habla muy deprisa, no se sabe si para que no se entienda todo lo que dice o porque acumula tal cantidad de ideas dentro de su despejada cabeza que se ve obligado a evacuarlas con rapidez antes de que colapsen y le formen un trombo. No digo yo que su cerebro no albergue proyectos bienintencionados siempre orientados a lograr mejoras en una ciudad desnortada que las pide a gritos, ni que no sea el depositario de una herencia, junto a sus compañeros y sin embargo enemigos del tripartito en el que se integra, marcada por las irregularidades y las deudas.

Tampoco digo que la verborrea que exhibe al menos de cara a la galería esté en el origen del pintoresco episodio suscitado a resultas de su plan para construir un túnel submarino que cruce el puerto con la finalidad de despejar de tráfico el frente litoral y peatonalizar la Explanada, cosa que anunció en primera instancia en presencia del jefe del Consell Ximo Puig, que no debió enterarse de mucho puesto que la página web de la Generalitat ni siquiera recogía una breve alusión al asunto, y ante el presidente de la Autoridad Portuaria Juan Antonio Gisbert, que no se había enterado de nada como demuestra el hecho de que se viera precisado a requerir una lección particular por parte de la primera autoridad local para conocer de qué iba la materia.

Pues bien, pese a la oposición frontal del puerto al proyecto original por razones técnicas y administrativas, el alcalde volvió a mostrar su torrencial optimismo para quitarle hierro al escollo apelando a la «voluntad inequívoca de llegar a un acuerdo». Amén. Es decir, que estamos donde estábamos y donde, a buen seguro, seguiremos estando durante los próximos decenios. Porque no hay que olvidar que la reconfiguración de la zona afectada por los planes de Echávarri es, con importantes matices, tan vieja como la propia incapacidad de las autoridades municipales para concluir en tiempo y forma todo aquello que proponen si es de calado.

Basta recordar las peripecias registradas a lo largo de los lustros en torno a la construcción de un centro de congresos alumbrado finalmente con fórceps en el Auditorio de Alicante (ADDA) gracias al acuerdo con la Diputación. O la dignificación de las instalaciones judiciales merced a la construcción de una Ciudad de la Justicia resucitada parcialmente ahora que se acerca el ecuador electoral. O el soterramiento de las vías del tren para crear un gran nodo de comunicaciones y liberar terrenos que acabarían, parque cohesionante mediante, con la fractura que soporta el tejido urbano. O la implantación de Ikea, trufada de sospechas y plagada de intereses urbanísticos ajenos al interés general al que se alude como fuerza motriz para convencer al respetable de la revolución social y laboral que implicaría contar con una tienda de muebles.

Vale que todo lo señalado, y más, forma parte del legado de los exregidores Díaz Alperi y Sonia Castedo y, por extensión, de sus consanguíneos del gobierno autonómico precedente, pero que el actual alcalde de la ciudad inconclusa se saque de la manga una nueva y presuntamente  magna frustración mientras, por ejemplo, sigue sin resolver la definición comercial de la urbe que dirige en comandita, o el acuciante problema de la suciedad callejera, es la prueba del nueve de que la vida sigue igual.  

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