Delincuentes distinguidos

AGUSTÍN HIDALGO 

La lectura, entre sus muchas virtudes relacionadas con la formación, el conocimiento y el desempeño profesional, depara contribuciones en el ámbito del disfrute estético, del acceso a historias y cosas inaccesibles por cualquier otro procedimiento, el hallazgo de pensamientos que resuelven o plantean, pero siempre depara ocupación sobre problemas relevantes, permite la auto-exploración mediante la introspección (“Leer es buscar. Leer es buscarse, siempre” que dice Alberto Barrera Tyzska en su libro Patria o Muerte), y te regala expresiones afortunadas y, en ocasiones llenas de claridad y poesía.

Recuerdo a este respecto, por ejemplo, una expresión regalada por Juan José Millás en uno de los artículos de la serie que, referidos a la literatura, publicó en agosto de 2016 en el suplemento de verano del diario El País. Dice así: “La palabra es un órgano de la visión”, expresión que alude al inmenso efecto evocador de las palabras, a la descripción de imágenes, y al retrato ágil y dinámico que la imaginación del lector va construyendo a medida que va leyendo. Y la historia que teje el lector es única porque el lector es quien no solamente completa el texto, sino  que le da identidad propia, y ésta está íntimamente relacionada con lo que es cada uno, con su formación y sus vivencias. Por eso cada lector hace una lectura diferenciada, extrae una impresión y compone una narrativa singular de un mismo texto.

Pero la belleza plástica de las expresiones también se puede encontrar asociada a cuestiones o conductas de lo más prosaico. De hecho, este escrito tiene su origen en el libro de Santiago Prieto Cuentos del fonendoscopio. En uno de estos cuentos, el titulado Palabras de muerte, relata que la mujer del protagonista se ha marchado con un político “con aspecto de delincuente distinguido y una fortuna más que notable cuidadosamente obtenida a ambos lados de la ley”. Si bien la historia ocurre en una intemporal Florencia, es innegable que puede aplicarse a la situación que vivimos en España, donde una bien nutrida serie de delincuentes distinguidos van pasando poco a poco por los tribunales de justicia. Y en su observación resulta curiosa la metamorfosis de la prosa y del tiempo. Del tiempo porque durante la autarquía pocos de estos casos pasaban de un rumor mediático y menos (o ninguno) de estos señores comparecía ante un juez a menos que sus actos causaran menoscabo patrimonial o ideológico a las personas equivocadas.

Parece, pues, que hemos de agradecer a la democracia la posibilidad de contemplar el muestrario de gente, delincuentes advenedizos o con solera, recién salidos de la ducha, vestidos como si fueran de buena familia (y es posible que así sea), perfumados con colonia de ricos y atusados en peluquería de cinco estrellas. Y esto parece ser así por natural de apariencia y pretensión, puro exhibicionismo de podería económico y estético reñido con el del gentío callejero, a menos que el protocolo imponga al reo comparecer de aquesta guisa ante sus señorías por si por un casual los jueces tienen la pituitaria delicada.

Pero hay un salto sociológico en el tiempo. Si bien las cárceles están llenas de gentes de vaquero o pana, la corbata, el pullover y Armani llaman con fuerza a su puerta. Y uno no puede sustraerse a la evocación de los vagos y maleantes para los que hicieron una ley específica y a los que, en mi remota infancia, perseguía la Guardia Civil por los caminos o a través de los campos para apresar a individuos tan singulares y antropológicamente definitorios de una época como don Eleuterio Sánchez, “El Lute”, dado al robo de gallinas por su manía de subsistir.
Claro que “El Lute” se rehízo en la cárcel, cursó estudios y ejerció de abogado, y estos delincuentes distinguidos ni tan siquiera albergan el propósito de la enmienda. Sea con ellos la prisión y la condena social eterna.

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