Carne de tragedia clásica

AGUSTÍN HIDALGO 

Anda la canalla periodística ultramontana entretenida estos días en mohines ofendidos por la exhibición pública de partes amputadas de la monarquía a pesar de que las conjuras astrales han conseguido una exculpación in extremis mediante resolución más que discutible y bajo todo punto de vista tan increíble como socialmente insulta. ¡Que no tendrán mayoría absoluta en el Parlamento pero gobiernan las fiscalías y entienden a los jueces.

Se vienen en entonar desde el Gobierno y sus cloacas mediáticas los consabidos cantos de cisne de que la justicia es igual para todos, de que el que la hace la paga (pero no se sabe ni el día ni la hora) y el que no la hace la pace, de que los reyes son los rimeros súbditos de la Casa Real y las infantas y sus colegas los primeros plebeyos, y que aquí paz y después gloria.

Arremeten contra todo cristiano, infiel e hijo de vecino que se asome a la ventana para comentar la fortuna (y no va con segundas) de Cristina e Iñaqui (¡qué buena pareja hacen!; otra expresión sin segundas) que ahora se podrán dedicar a lucir palmito por Suiza o por donde se les ponga en el real patrimonio. Y, avanzan las cigarras desde sus cítaras, que habrá que ir montando actos de desagravio, que no van a ser menos que la Pantoja, que ya está despenalizada, libre y redimida en El Hormiguero con una vuelta triunfal a los medios y a sus altares.

Hace pocos día se cumplía un avanzado aniversario de la muerte del rey Alfonso XIII en Roma donde vivió a cuerpo de idem durante los últimos años de su vida entregado al vicio, al mujerío y a fallidas intrigas de retorno, todo ello gracias a graciosos patrimonios acumulados por la divina y por la humana gracia real, que ha acompañado (y continúa haciéndolo) a estos otrora actores protagonistas hoy venidos en tramoya. Porque a pesar del don de lenguas que les ha otorgado el pueblo con su esforzado trabajo, parecen ignorar (una expresión más sin intenciones ocultas), que desde que existen las artes escénicas, el diálogo entre el poder y el pueblo se ha debatido en los escenarios, para llorar con las tragedias, para reír con las comedias y para, en todos los casos, obtener una catarsis colectiva.

Y esta actividad, conducta, o como quiera llamarse es irrenunciable, inalienable y elemento de contención y cohesión de pueblos y civilización. Y seguirá siéndolo por mucho que se maniobre en su contra. Es más, el paso de la ciudadanía a la acción ya se ha materializado con la subida al escenario de Luis Bárcenas y, se pongan como se pongan, continuará con la Gürtel, las tarjetas opacas, y los cuescos resultantes del proceso de Mallorca. Oféndanse si quieren ladronzuelos y corifeos chafarderos, pero la exposición a la interpelación pública es justa y necesaria para que este país siga aguantando; y si no damos para tragedia clásica, que al menos no nos usurpen el sainete.

Y allí, en el escenario, en la comunicación autor – actor – pueblo, se operará la magia de la exaltación pública de sus hechos, la verbalización coral de las acusaciones y sentencias, el juicio moral comunitario y la liberación del ánimo de la ciudadanía mediante la inmolación del chivo expiatorio que, es esta caso, ni es chivo, ni expiatorio, porque sirve al propósito de la expiación de culpa de inacción de una sociedad embelesada y entregada a prácticas abusivas sin tasa.  

Tengan un poco de dignidad y acepten el papel que su conducta, la tradición cultural, la historia y el arte le demandan.

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