El tahúr del Miño

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoCuando Alfonso Guerra llamó al presidente Adolfo Suárez «Tahúr del Misisipi» Mariano Rajoy andaba por su brumosa Galicia natal labrándose un porvenir en la política. Ahora, más de tres décadas y media después, el actual jefe del Ejecutivo sigue demostrando que el entorchado le pertenece. Al margen de las trampas en las que ha hecho caer al pánfilo Albert Rivera para lograr el apoyo de Ciudadanos a su investidura, que tienen su máxima expresión en la ruptura de la palabra dada tanto en el mantenimiento del investigado presidente murciano Pedro Antonio Sánchez como en la oposición expresada en sede parlamentaria a crear la comisión de investigación sobre la financiación del PP en las condiciones que había pactado con la formación naranja, el líder del partido más votado en las tres últimas elecciones generales se sacaba esta semana de la manga un as en forma de libro titulado 1.785 motivos por los que hasta un noruego querría ser español y recomendaba su lectura desde el púlpito de Twitter poco antes de que soliviantara a C's y forzara la alianza de este partido con PSOE y Podemos para hincar el diente en el Congreso a las cuentas populares.

Rajoy, que pretendía con su recomendación contrarrestar la ofensa promovida desde la televisión pública vasca con un programa que presentaba a los españoles como «chonis, fachas o catetos» e indirectamente insuflar a sus compatriotas el orgullo de pagar impuestos en un «gran país», volvía a mostrar su propensión a engañar incluso en el solitario. Porque el libro de marras, presuntamente editado por una misteriosa entidad de titularidad privada, tiene entre sus directivos a un exmiembro del gabinete del que fuera ministro del Exteriores, José Manuel García-Margallo, que participó activamente en el germen de aquella hilarante Marca España. Qué casualidad.

Es muy posible que haya 1.785 razones, o más, para que un noruego quiera ser vecino de Luis Bárcenas, compartir una ración de gambas en un chiringuito playero con Esperanza Aguirre, celebrar la Virgen de la Merced en el patio del penal con Francisco Correa y Álvaro Pérez, ir a las carreras en Montmeló con Luis Sepúlveda mientras su esposa Ana Mato organiza el catering, pasar una noche en la buhardilla del expresidente madrileño Ignacio González, rezar un responso junto a Francisco Camps ante la Geperudeta, montar un ONG con Rafael Blasco, cazar linces ibéricos teniendo como guía a Miguel Blesa, cantar el himno nacional haciendo coro con Iñaki Urdangarin y señora, tocar la campana de la bolsa al alimón con Rodrigo Rato, aterrizar en el aeropuerto de Carlos Fabra tras un cómodo viaje desde Oslo, ser casteller con Artur Mas y bailar una sardana en pleno centro de Barcelona con Millet y Montull ante la atenta mirada de los Pujol, recomponer pieza a pieza, como si de un lego se tratara, los ordenadores destruidos por el PP, observar con ojo de naturalista la contribución al desbarajuste de los empresarios, banqueros, comisionistas, depredadores, carroñeros y otras especies nocivas que han invadido el ecosistema, etcétera.

No, no es descartable que los escandinavos de Noruega, y hasta los gaboneses, nepalíes, mongoles, papuanos, pigmeos, tuaregs y otras tribus que viven en la sabana africana o en lo más profundo de la selva amazónica quieran ser miembros de pleno derecho de un país en el que resulta tan fácil evadir impuestos y donde es más viable una «policía patriótica» al servicio del Gobierno y contra sus oponentes que una zapatería. La oferta de ocio es inconmensurable y la diversión está asegurada en el que (con el permiso de Donald Trump) puede ser el parque temático más grande del mundo. ¿Quién en su sano juicio no querría disfrutar de la aventura derivada de tener un presidente como Rajoy y una oposición tan aguerrida? ¿A quién no le gustan los trucos de prestidigitación que hacen desaparecer miles de millones ante las narices del contribuyente y que luego no aparecen tras su oreja como mandan los cánones del noble arte de la magia blanca sino en paradisíacas cuentas situadas a miles de kilómetros de distancia? ¿Cómo no le va a gustar a un descendiente de Odín o Thor ver un espectáculo como el de un ayuntamiento democrático –el de Alicante, pongamos por caso– reponiendo las placas callejeras que homenajeaban un pasado fascista tras retirarlas de las fachadas y cambiarlas por otras acordes con los tiempos que corren?

Lo que oculta Rajoy, porque Rajoy, al contrario del algodón, sí engaña, es a cuántos españoles les encantaría ser noruegos. Así a vuelapluma, por encima, sin ánimo científico, sin ninguna intención de publicar un libro y con menos voluntad todavía de amargarle la fiesta, a uno se le vienen a las mientes los centenares de miles de expatriados con un bagaje científico y profesional de lujo, las decenas de miles de parados de larga duración que no tienen una mala ayuda que llevarse al puchero, los millones de asalariados jóvenes con nóminas de risa y horarios de pena, los jubilados que ven menguar su pensión y los aspirantes al retiro que ya ni la ven. ¿Serán tontos? Unos no saben lo que tienen y otros lo que se están perdiendo.  

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