Podemos, la APM y el periodismo apaleado

PEPE LÓPEZ

José López MarínPara entender el alcance del extraño y sorprendente comunicado contra Podemos y Pablo Iglesias que esta semana ha lanzado a la arena pública la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) que preside Victoria Prego, quizás cabría centrarse en algunos hechos que lo precedieron, hacerse algunas preguntas que siguen sin respuesta y barruntar una conclusión: la agonía y muerte del viejo periodismo sigue avanzando con paso firme.

Vayamos a los hechos:

— Podemos no es, no ha sido, un dechado de buenas prácticas políticas en su relación con los grandes medios de comunicación. Eso parece evidente. Es conocido. Es publico y es notorio. El partido que encabeza Pablo Iglesias ha tenido la desvergüenza y el atrevimiento de cuestionar el statu quo y los oscuros  intereses que hay detrás de los grandes medios del país como nadie lo había hecho hasta ahora. Al menos, públicamente y con tanta reiteración. Ese ha sido su mérito, y también puede que ese sea su talón de Aquiles. Al destapar en plaza pública y hacer discurso público de la connivencia de algunos de estos grandes emporios mediáticos con los intereses de los poderosos grupos económicos que los sustentan, han pisado un callo del que difícilmente se puede salir sin graves magulladuras ni torceduras. Lo de la APM no sería más que otra herida de guerra que añadir a la larga lista de encontronazos.

— Este comunicado parece haber tenido un imprevisto y sonoro efecto culatazo contra sus impulsores, la junta directiva de la APM o una parte de ella. Algunos, no muchos, profesionales de la información la han criticado abiertamente y es muy posible que entre los propios votantes de la formación morada haya conseguido el efecto contrario al perseguido, por el contrario, desde el otro lado del tablero mediático y periodístico, se ha aprovechado el caso para arreciar la campaña contra Podemos. Aquí, el objetivo es, era, claro: deslegitimarles y acusarles de suponer un peligro para la libertad de información en este país. A la campaña se han sumado con fervor y entusiasmo mal disimulado los portavoces de PP, Cs y PSOE y al coro de replicantes se han unido con igual entusiasmo y oportunismo voces como la del premio Nobel Mario Vargas Llosa, quien en un alarde de funambulismo dialéctico no ha dudado de acusar a Podemos de suponer una amenaza para la libertad casi equiparable a la del terrorismo etarra. Ahí queda eso.

— En la novedosa denuncia de Podemos de sacar a la luz los trapos socios de los grandes medios e incluirlo en su discurso político, puede que no hayan sido los únicos, ni siquiera los primeros, pero sí ha llamado la atención su insistencia. El debate se ha agriado hasta el punto de que varios de sus líderes –Pablo Iglesias, pero también otros– no han dudado en afear en directo la conducta a estrellas de la comunicación –Pepa Bueno, cadena Ser, incluida–, por el tratamiento de algunos de  temas que les afectaban, gestos a los que casi nadie se atrevió antes por el miedo a las posibles represalias. Eso se quiera o no tiene un precio. Esa, parece, ha sido su valentía y ese ha podido ser también su gran pecado: cuestionar el actual statu quo. También en el periodismo. Y sin cuyo concurso nada habría podido ser cómo ha sucedido durante los años de plomo informativo previos a la gran estafa de la crisis y en el duro tránsito por ella que, como ya lo reflejan todos los indicadores, ha cristalizado en un insoportable mayor enriquecimiento de los más ricos y en un crecimiento de la desigualdad y la pobreza propias de países autoritarios y tercermundistas, con perdón de la expresión.

— Otro hecho. Podemos ha ejercido aquí, con voz propia y amplificada, la queja de una vieja tradición en la relación esquizofrénica de amor-odio que la izquierda política ha tenido con los grandes medios de este país. Pero quizás su mayor error, el de Podemos, haya sido el no contentarse con atacar la cuestión de fondo –la impúdica relación de los cuatro o cinco grandes grupos mediáticos que dominan el kiosco, las ondas y la parrilla televisiva con las grandes empresas del Ibex 35 y (también) con los poderes públicos a través del reparto discrecional de la publicidad y campañas institucionales– sino haber lanzado en momentos puntuales también sus dardos contra el flanco más débil de la cadena: el periodista de calle. El o la periodista que está día a día cubriendo sus actos ya los que en más de una ocasión les han afeado su trabajo en tribuna pública (Pablo Iglesias al redactor de El Mundo en un acto con universitarios en Madrid, por ejemplo) cuando las informaciones de estos redactores no les eran –o eso creían ellos– de su agrado.

— Todos los que hemos trabajado en una redacción sabemos que la tensión entre el político y el periodista forma parte de un todo. Era –es– parte del sueldo a una y otra parte de una cuerda que se tensa, pero que raramente acaba rompiéndose. Hasta ahora. La única y no menor diferencia es que antes esas presiones, esos comentarios, esas supuestas amenazas veladas que todos hemos sufrido, que son normales, quedaban opacadas en el silencio de una conversación y, en el mejor de los casos, en una redacción, y hoy son aireadas por las redes sociales sin disimulo, ni casi cortapisa alguna, como patio de vecindad de la aldea global en la que estamos metidos. La gran diferencia, digo, es que hoy son publicadas en las grandes plazas mediáticas de Facebook, de Twitter, de Instagram, etc.

— Más hechos. En algunos ámbitos del periodismo subsiste erróneamente una concepción arcaica de la profesión que cree y piensa que tiene por derecho propio el monopolio de la palabra y al que le cuesta aceptar que él también puede –y debe– ser criticado. Y ahí el ruido de fondo y el altavoz mediático pueden confundir a muchos periodistas sobre su verdadero papel y el alcance de las críticas. Las campañas de desprestigio contra los periodistas han existido siempre, y no han sido precisamente incruentas. Es más, quién más y mejor las ha utilizado siempre y las sigue utilizando hoy , es la derecha política, sin que algunos de los prebostes de la APM o similares se hayan removido siquiera un poco de sus sillones para denunciarlas. A los popes del conservadurismo patrio –llamémosle Eduardo Zaplana, Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy, José María Aznar, Soraya Sáenz de Santamaría…– no les ha temblado nunca el pulso a la hora de pedir obediencia, ajustar cuentas y exigir la cabeza de algunos de los directores de los grandes periódicos o la permanencia de los más afectos (Federico Jiménez Losantos en la Cope). ¿Puede haber mayor presión que eso? Pensar por un momento sólo en los hechos y circunstancias que rodearon los relevos traumáticos en ABC, El Mundo, El País... da escalofrío y es una buena medida de la salud del periodismo en este país en los grandes medios. Pero, eso sí, esas presiones siempre se ejercieron lejos de los focos, en silencio, que es como las cosas importantes se suelen resolver en este país cuando hablamos de intereses que importan y de los grandes bolsillos.

— ¿Ha sufrido Podemos desde su mismo nacimiento, desde el instante exacto que algunas encuestas empezaban a apuntar que estos chicos y chicas no aceptaban el papel de invitados de piedra en la fiesta de la democracia, como en parte lo había sido hasta aquí Izquierda Unida, una persecución mediática implacable y sin precedentes por parte de esos mismos grupos y en la cual, en algunos casos, se han traspasado todas las normas básicas del ejercicio de la profesión? Sin lugar a dudas así ha sido. En parte era normal y era previsible que a ellos se les exigiera la quintaesencia y un plus de honradez y transparencia, lo que ya no era tan previsible es que a esa campaña en momentos concretos se hayan sumado con entusiasmo y ardor guerrero algunos de los medios del grupo Prisa, cadena Ser nacional incluida. Esa ha sido una gran novedad que ha desequilibrado sobremanera el tablero y el precario equilibrio mediático del país. Las burdas acusaciones contras sus líderes (Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Ramón Espinar…), contra el supuesto oscurantismo de su financiación, contra sus presuntos casos de corrupción… no siempre fueron rectificadas cuando los hechos, los autos judiciales, fueron dejando al descubierto algunas de estas obscenas manipulaciones impulsadas por estos mismos medios, campañas que, a buen seguro, acabarán estudiándose en las facultades de la profesión como ejemplo de lo que nunca debería hacer un buen periodista. Y eso, es de imaginar, ha debido doler y ha cristalizado en hashtags tipo la #Lamaquinariadelfango que, también a buen seguro, tanto ha debido escocer en la otra orilla y en las plantas nobles de esos grandes medios donde el periodismo parece haber dejado de ser la gran preocupación.

Hasta aquí algunos de los hechos que explicarían, pero no justificaran, lo acontecido. Ahora vayamos con las preguntas.

— ¿Por qué la APM ha incumplido en su denuncia contra Podemos el primer punto del decálogo de las buenas prácticas del buen periodismo: el contraste de la información y dar la oportunidad de defenderse a la parte acusada/denunciada?

— ¿Si tan graves son esas presiones y las coacciones sufridas por estos periodistas a los que nadie parece querer poner nombre, por qué estos mismos periodistas y sus potentes medios no utilizan, como casi siempre se ha hecho, sus propias plataformas mediáticas para denunciar públicamente y poner negro sobre blanco los detalles y el alcance de las supuestas coacciones y amenazas y han optado por recurrir a la APM para, a continuación, hacer seguidismo de esta denuncia con sospechoso entusiasmo que oculta una cierta culpabilidad de origen?

— ¿Si tan graves son estas amenazas por qué no se han ido al juzgado a pedir el amparo de los tribunales que en el caso de que se hubieran traspasado algunos límites es más que previsible que lo obtuvieran?

— Más preguntas. ¿Es una mera casualidad que este nuevo y sonrojante capítulo de la guerra del “todos contra Podemos” haya tenido lugar justo unas pocas semanas después de que los tribunales de justicia de este país hayan escrito en sus autos algunos de los capítulos más chuscos a costa de la sentencia del caso Nóos y de las tarjetas black de Bancaja y Bankia y que han podido reforzar la idea de que la Justicia no trata igual al robagallinas que a los delincuentes de cuello blanco, sobre todo cuando detrás de ellos está la figura de una infanta, su marido o los otrora todopoderosos Miguel Blesa o Rodrigo Rato?

— Otra. ¿Es una casualidad también que el destape del affaire APM-Podemos haya tenido lugar justo en la semana que estaba previsto que el caso Palau de la Música le estallase como una bomba de racimo a la vieja Convergencia de Jordi Pujol y Artur Mas, y justo también en la semana en la que el juez Eloy Velasco, nada sospechoso de rojo como ex conseller de Justicia con Francisco Camps que fue, encaje algunas de las piezas que dejan al descubierto el saqueo sistemático de las arcas públicas por parte del PP de Madrid comandado por Esperanza Aguirre, esa mujer que siempre aparece sacudiéndose el polvo tras el bombardeo con víctimas que la persigue allá donde va?

Todo esto –lo de más arriba– son algunos de los hechos y algunas de las preguntas que los ciudadanos tienen derecho a hacerse tras el acontecido, aunque seguramente la consecuencia más lamentable de todo ello es que la gran víctima aquí no vaya a ser (solo) Podemos, sino que quien va a sufrir más daños colaterales va a ser precisamente a quien se intentaba poner a resguardo con la operación de la APM: el Periodismo en mayúscula. Decir, afirmar, que este sale de aquí un poco más herido en su credibilidad, y que en el oscuro manejo del caso que ha hecho una parte de la directiva de la APM, la profesión se ha dejado unos jirones más del ya escaso aprecio, crédito y respeto ciudadano, puede que no sea ninguna exageración.

Y es que si hay una máxima raramente discutida en la profesión es aquella que dice que el día que los periodistas nos convertimos en noticia es que algo –y no precisamente bueno– nos está sucediendo. Esta podría ser la conclusión más triste. La peor de las noticias. Que algo –y no bueno– acaba de suceder en la profesión con la inestimable y ominosa colaboración de quienes deberían ser sus defensores y garantes. Y, no se olvide, cuando sufre el periodismo, sufre la democracia. Lo que da pie a una última interrogante: ¿Era este el objetivo último de la operación puesta en marcha por la Asociación de la Prensa de Madrid contra Podemos?

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