Platón tenía razón

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoQue el poder corrompe es un viejo aserto que los acontecimientos cotidianos se empeñan en corroborar. El poder corrompe todo lo que tiene alrededor para adaptarlo a la consecución de sus intereses; unos intereses que, con frecuencia están alejados de los intereses generales pero centrados en intereses y objetivos particulares o de grupo político. Las recientes actuaciones judiciales y las comparecencias que se están produciendo en estos días conforman un tratado de utilización corrompida del poder para satisfacer los deseos de permanencia en el mismo y pervertir los legítimos intereses de paz, libertad y democracia de los pueblos.

Desenmascarados los miembros de la familia Pujol, devenidos de líderes patrios a salteadores de caminos y usufructuarios de un empleo personalista, ilícito y no ético del poder, le corresponde ahora el turno al partido hegemónico durante décadas y a su líder más cínico. El juicio por el caso del Palau de la Música va clarificando el panorama judicial al que se enfrenta la antigua Convergencia Democrática de Cataluña así como el papel que han jugado sus líderes e instituciones asociadas en la financiación irregular del partido. Al menos, se van explicitando verbalmente.

Los señores Millet y Montull, y la hija de uno de ellos, han aceptado colaborar con la justicia a cambio de rebajas penales, lo que venimos utilizando para obtener información de terceros (opaca por otros cauces) mediante una consideración atenuada de culpabilidades acreditadas. Estas personas han reconocido sin descomponerse no sólo que han saqueado las cuentas de una institución pública (una especie de teatro nacional) sino que han hecho de intermediarios entre empresas y Convergencia para su financiación irregular cuando lideraba el gobierno de Cataluña, con la imprescindible aquiescencia de los líderes del mismo partido y la contribución material del tesorero y de algún consejero con mando en plaza.

Un problema notable de las declaraciones auto-inculpatorias que involucran a terceros es que, en general, no hay pruebas materiales que cimenten tales pruebas más allá de la sospecha pública de su certeza, de la acumulación de testimonios en el mismo sentido, de la negación por las partes aludidas con expresiones tan uniformes como difícilmente creíbles, del curso temporal de los acontecimientos que apuntan a una plausible relación causal, y del argumentario político y bélico que malversa los conceptos de delincuencia y de libertades públicas, como si no fuéramos conscientes de que las almas serviles son propensas a excusas y argumentaciones esotéricas para pretender justificar su servilismo a salva sea la causa.

Los jueces, en virtud de los hechos acreditados, del resultados de las comparecencias, de la deliberación jurídica y de la lexicografía del gremio, dictaran una sentencia que será comentada y criticada en todos los sentidos de la palabra hasta que sea sentencia firme y sea llevada a ejecución. Mientras tanto, los guionistas de la agresión bélica (entiéndase beligerancia en el sentido más amplio y laxo) a Cataluña y los negacionistas por mor de la defensa de las libertades democráticas de elección, mantendrán viva la idea de la guerra ideológica, psicológica, económica y mediática porque es la mejor forma de mantener la cohesión de los partidarios mientras se va construyendo un nuevo templo para nuevos dioses y un nuevo foro para senadores diferentes. No importa el precio ni si las guerras (ahora sólo verbales, económicas,…) se han llevado a cabo al margen del arte de la guerra. Lo que importa es mantener agarrado el voto y el ánimo  en torno a una idea de independencia como réplica a una escalada de agresiones que solo parecen existir en la cabeza de Artur Más, Oriol Junqueras y sus muchachos.

Va a resultar que Platón y la filosofía platónica tenían razón cuando sostenían que la proximidad del mar desarrolla en las ciudades la tendencia al desorden. Los procesos de Cataluña, Baleares y la Comunidad Valenciana parecen apuntar en ese sentido.

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