Matones en la red

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoMucho antes de que Twitter y Facebook existieran, cuando las computadoras eran monstruos que ocupaban habitaciones enteras, los antropólogos británicos Alfred Radcliffe y John Barnes acuñaron la expresión «red social» en la que, en mayor o menor medida, ha caído todo aquel que dispone de un portátil del tamaño de un libro en edición de bolsillo o un teléfono móvil. Las redes sociales son un instrumento de comunicación instantánea y accesible con unas inmensas posibilidades relacionales y divulgativas. Sin embargo, también constituyen un elemento de distorsión de la realidad al pretender arrogarse de forma impertinente una representatividad que no les corresponde sustituyendo el papel de los medios específicamente creados –con sus taras e intereses políticos, con sus servidumbres y dependencias del poder económico– para contar lo que ocurre desde la observancia de unas reglas básicas y universalmente aceptadas, aunque sean a menudo vulneradas, que pasan necesariamente por el respeto a la verdad aproximada y al contraste de pareceres.

Pero las redes sociales son además, y sobre todo en unos tiempos en los que la ausencia de pudor resulta clamorosa, una tupida malla similar a un arte de pesca tradicional en la que suelen chapotear especímenes de todos los tamaños tal vez atraídos por el sabroso cebo del minuto de gloria en unos pocos caracteres. Allí, coleando como atunes en una almadraba, conviven desde la amantísima esposa que envía una cursilísima e inocua felicitación al padre de sus hijos en su treinta y tantos cumpleaños hasta el político imperial que anuncia con el colmillo ensangrentado la expulsión de los malvados inmigrantes que le están poniendo el país perdido de drogas y criminalidad. Y allí vierten su bilis, con una osadía realmente alarmante, besugos de la clase política que no reparan en el hecho de que, como los jeroglíficos egipcios, sus frasecillas cortas y contundentes, pretendidamente graciosas o abiertamente ofensivas, a lo mejor tecleadas bajo el influjo de vaya usted a saber qué bebida espirituosa o de los efectos de alguna sustancia psicotrópica, no se las lleva el viento.

Los matones con aspiraciones públicas constituyen el brazo armado de las redes sociales. Personas que con toda seguridad serían incapaces de privar de su bien más valioso a una lagartija disparándole un perdigonazo mientras asciende la fachada de su casa se transforman en el gatillo más rápido de esta orilla del Río Grande, forastero. Como le ocurrió hace unos años al concejal de EU en Sant Joan d’Alacant César Vilar, que se vio obligado a renunciar al acta tras publicar que «ametrallaría» al cantante David Bisbal por ser «mugre españolista». O a la edil de Alicante por Guanyar Marisol Moreno, condenada a una multa de seis mil euros por injurias al Rey después de que el actual emérito apareciera en una foto con el cadáver de un elefante detrás amén de confesa partidaria de dar matarile a algún que otro congénere del ámbito político o taurófilo cuando, compatibilizando su rol de humorista con el de defensora de los animales irracionales, frecuentaba con poca cautela las redes de marras.

La penúltima perla de este chirriante catálogo de despropósitos y agresividad descontrolada ha venido de la mano de un militante de Compromís que se presentó como candidato por la localidad de Tibi en 2011. Al hilo del desbarajuste propiciado por el recurso del PP contra el cambio de calles franquistas en Alicante con la inestimable colaboración del tripartito, el tal Sixto del Toro ha sido denunciado por incitación al odio tras colgar en Facebook que la formación liderada por Rajoy es «nazi» y que sólo merece «un tiro en la sien». Casualmente, parece ser que también el pistolero es humorista. Menos mal que no se dedica al drama.

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