Óleo de Wert, caricatura de la austeridad

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDependiendo su magnitud de quien la mida, persisten los detalles, objetivamente de menor calado si los situamos en el contexto general, que animan al desaliento. Si los comparamos con las consecuencias de la gestión de la crisis universalmente aceptadas salvo por sus promotores, como la precarización del mercado laboral, la creciente brecha abierta entre los que más tienen y quienes menos poseen, la pérdida de derechos sociales y económicos, la expatriación de la inteligencia sin billete de retorno o el drama de centenares de miles de familias que a duras penas llegan a fin de mes, estamos ante un asunto baladí, de esos que duran en un titular de periódico lo que tarda la tinta en secarse.

Parecen gotas de agua si las ponemos en relación con la cascada de infamias que las investigaciones policiales y judiciales están permitiendo conocer en toda su crudeza, o con la torrencial laxitud del Gobierno –éste y los anteriores– en materia de evasión fiscal, o con la caudalosa inacción de los órganos correspondientes en el gran desastre propiciado por una banca esquilmadora y estafadora que nos está costando un ojo de la cara. Nimiedades, fruslerías. El chocolate del loro, en fin. Lo que ocurre es que el loro, si se le administra más pienso del que su organismo puede admitir, se empacha. Sin entrar en la benevolencia que castiga con una multita de nada a una infanta que vivía cómodamente en la inopia o que permite a su esposo y a otros conspicuos condenados eludir provisionalmente la cárcel por ser vos quien sois, hay multitud de detalles que llevan a los inermes ciudadanos a mantenerse firmes en el desasosiego derivado de la sensación de que se están riendo de él a mandíbula batiente.

Son pequeñeces, oiga, dirán algunos, frente a las amenazas del Brexit y la pulsión separatista o ante las provocaciones de una extrema derecha europea crecida, eventuales varapalos como el de Holanda al margen, gracias a los aires gélidos que llegan del otro lado del Atlántico. Chorradillas de andar por casa que pierden vigor y vigencia frente al desastre de la guerra en Siria o a la galopante mortandad de inmigrantes que surcan el Mediterráneo con lo puesto en busca de futuro. Pero también son un indicativo de que, pese a los propósitos de enmienda y el dolor de los pecados proclamados a coro durante la etapa más crítica de la crisis, que ineludiblemente llevaba implícitas la racionalización del gasto, la contención de las alharacas y la renuncia al exhibicionismo, la austeridad en suma, las cosas siguen como estaban.

Son detalles como el del cuadro que descubría en el Ministerio de Cultura el extitular de esta cartera, José Ignacio Wert, los que avalan la impresión de que la sobriedad sigue siendo un territorio ignoto para nuestros dirigentes. Que después de la que ha caído y sigue cayendo, con miles de cadáveres sociales en las cunetas a consecuencia de la incapacidad de muchos y del latrocinio de unos cuantos al amparo de la complicidad o el silencio de una multitud, el contribuyente tenga que aportar veinte mil euros para que el actual embajador de España en la OCDE, dignidad a la que accedió por la vía conyugal en reconocimiento a los inexistentes méritos contraídos durante su mandato, ocupe un lugar en la posteridad, resulta descorazonador.

Pero, ay, amigo, es lo que prescribe la tradición, esa norma no escrita que, según los casos, tiene rango de ley. Al menos eso pareció desprenderse de las palabras del expresidente del Congreso, Jesús Posada, cuando fue interpelado sobre el retrato que, con un coste de 66.000 euros, será incorporado en breve a la galería de ilustres de la Cámara Baja. Al contrario que Wert, que solo permitió el acceso de los fotógrafos a su inmortalización en óleo tal vez para dejar constancia de que una imagen vale más que mil palabras al tiempo que volvía a poner de relieve el desconcierto de una profesión que traga con carros y carretas, Posada respondió a los interpelantes con la venerable osadía del que no vive en el mismo mundo que el resto de sus congéneres. Alguien debería haberle preguntado también si la tradición más reciente no proscribe los sueldos de pobreza, los desarreglos nutricionales que soporta un tropel de niños debido a la ausencia de ingresos de sus padres o los contratos de jóvenes por horas, minutos y segundos. Porque la tradición, como el Toro de la Vera o la cabra de Manganases de la Polovorosa, está para cambiarla si resulta dolorosa, ofensiva o inoportuna.

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