Trump riza el rizo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDonald Trump y la «verdad alternativa» que promueven sus fieles siguen causando estragos en las meninges del espectador. Los analistas y tertulianos que confiaban en que el presidente de los Estados Unidos moderara su discurso y atemperara sus instintos una vez asentara sus reales en la Casa Blanca deberían admitir su fracaso y, en consecuencia, dedicarse sin más dilación a la cría de la Chinchilla o, mejor, al tarot o a cualesquiera de las artes adivinatorias que, como supercherías que son, no requieren cualificación alguna ni control de calidad previo.

El megamillonario neoyorquino continúa firme en su empeño por acomodar la realidad a sus intereses independientemente de que dicha realidad haya sido contemplada por millones de testigos o formulada por funcionarios de alto nivel en la nómina de su propia administración. No se trata ya de que el antiguo y actual showman rehúse públicamente estrechar la mano de Angela Merkel en la primera visita oficial de la mandataria alemana a Whashington, no. Semejante muestra de desprecio y de pésima educación inter pares entraría en el cúmulo de desplantes que comenzó con la entrevista telefónica que mantuvo con el primer ministro australiano y que finiquitó de manera abrupta. Es decir, una más. Lo significativo es que su equipo negara la mayor aduciendo problemas auditivos del jefe cuando su interlocutora le invitó a cubrir el trámite pese a que la actitud del anfitrión pudo ser observada por un sinfín de televidentes en todo el mundo y de que la distancia que separaba las cabezas de ambos dirigentes era la habitual en este tipo de encuentros.

Con su «verdad alternativa» Trump está logrando elevar al grado de sublimación la mentira, ese estado de ánimo en el que, por lo demás, viven todos los políticos de aquí y allá, desde Rajoy hasta Putin, de este a oeste y de norte a sur. Lo hace además en tiempo real, tan rápido con el tuit como Billy el Niño con el gatillo. Si sus portavoces se desgañitaron afirmando que el número de asistentes a su toma de posesión fue superior al que se había registrado en la de su antecesor Barack Obama ocho años antes pese a la contundencia de las imágenes comparativas, ha sido ahora el estrafalario «number one» el encargado de manipular, con tanto descaro y ausencia de pudor como ingenuidad y prepotencia, los hechos.

O sea que mientras los jefes del la agencia de seguridad NSA y FBI desmentían en una comparecencia en la Comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes las acusaciones de su presidente contra Obama en el sentido de que éste había ordenado intervenir sus teléfonos durante la campaña electoral, y de que el segundo ratificara que la oficina federal estaba investigando la intromisión del gobierno ruso en las elecciones, el usuario del despacho oval llevaba a cabo una compulsiva ofensiva en la red para rechazar no lo que decían los intervinientes, sino lo que estaban escuchando los asistentes.

Es de suponer que el histriónico personaje que está dejando a la altura del betún a sus homólogos de Corea del Norte y Venezuela, Kim Jong-un y Nicolás Maduro, respectivamente, y a otros caricatos que pululan por las estancias del Poder, seguirá deparando nuevas obras maestras del negacionismo en el que se mueve más como elefante en cacharrería que como pez en el agua.

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