Con licencia para estafar

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLa pesadilla es recurrente: me despierto bañado en sudor porque después de muchos años de ejercicio del periodismo me doy cuenta de que no soy periodista o, para ser más exacto, que no tengo el título de periodista expedido por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid en la que me matriculé cuando todavía los decanos autorizaban a «los grises» a entrar en el edificio, a caballo incluso, para reprimir la contestación al agonizante franquismo. Una maldita asignatura cuyo nombre no puedo recordar es la culpable de que no completara la licenciatura. Suspenso hasta agotar las convocatorias. Pero, sin embargo, en mi curriculum laboral figura que acabé la carrera. Y para confirmarlo, en algún cajón de casa amarillea el rimbombante certificado obtenido previo pago de la póliza de cien pesetas en el que el entonces incipiente Rey y ahora emérito Juan Carlos I acredita en el encabezamiento mi aptitud académica para el desempeño de la profesión. La angustia ante la certeza onírica de que soy un impostor se prolonga durante unos eternos segundos, justo los que tardo en encender la lámpara de la mesilla de noche para disipar las tinieblas, tentarme el pijama y confirmar que solo ha sido un mal trago.

Ignoro si este desasosegante sueño es patrimonio exclusivo del arriba firmante, si está relacionado con la ingesta nocturna de algún producto con exceso de grasa o si responde a un sentimiento de culpa por copiar en los exámenes o por haber pasado más horas en el bar que en aula. Puede que algún psicoanalista argentino tenga la respuesta. Pero lo que es casi seguro es que la ya ex directora del Observatorio de Salud del Gobierno de Cantabria, órgano vinculado a la Fundación Marqués de Valdecilla y dependiente de la Consejería de Sanidad del Ejecutivo regional, Estela Goicoechea, no ha tenido necesidad de superar el trance de enfrentarse a sus fantasmas. Ni de consultar con la almohada antes de seguir adelante con la superchería de hacerse pasar por licenciada en Biotecnología por la Universidad de León para acceder al estrellato político mientras sus coetáneos universitarios –estos sí, con el título bajo el brazo– buscan el sustento hasta debajo de las piedras o se ven obligados a emigrar. La joven socialista, que ha mantenido el engaño hasta que algún amigo de esos de toda la vida lo filtró oportunamente a un medio de comunicación, ofició pocas horas antes de dimitir de telonera en el multitudinario acto de presentación de la candidatura de Susana Díaz a la Secretaría General del PSOE. Lo cual revela que la aspirante a poner orden en el desbarajuste de la izquierda moderada no tiene lo que se dice una vista de lince aunque sus posesiones abarquen el Coto de Doñana. O sea que con semejante agudeza visual difícilmente será capaz de enhebrar el hilo en la aguja con la que pretende coser el partido.

La estafa de Goicoechea, perpetrada, no se olvide, a expensas de los fondos públicos, es tan recurrente como mi sueño. Abundan los cargos de representación, aquí y en todo el mundo, que falsean sus bagajes o plagian tesis doctorales para engordar sus cartas de presentación sin tomar en consideración, o sí, la espada de Damocles que penderá sobre su prestigio y sobre su existencia. Son capaces de vivir en la suplantación y el oropel hasta que el cuerpo aguante o alguien, lo mismo un damnificado por la mentira que un enemigo bien informado, se decide a tirar de la manta. Siendo preocupante el engaño, siempre susceptible de ser disculpado al amparo de las debilidades humanas, más lo es la porosidad de un sistema institucional y administrativo que permite la irrupción de intrusos sin escrúpulos que medran gracias al fertilizante del padrinazgo y del erario y que, encima, como en el caso de la criatura de marras, se permiten dar lecciones urbi et orbi a la concurrencia con el desparpajo del que, ya desde la adolescencia política, se sirve de las mañas que aprendió de sus mayores en la confianza de que la impunidad, como el diamante, es para siempre.  Cuánto Pequeño Nicolás quedará por desenmascarar en este país de ficción.

Comparte este contenido:

Comments are now closed for this entry