Reversibilidad

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoDicen los lingüistas que por reversibilidad debemos entender la capacidad para volver a un estado o condición anterior; es decir, de volver a lo que era antes y, para ello, sólo habría que darle la vuelta, desandar el camino andado, olvidarse de las experiencias fallidas, cambiar de opinión, de forma de pensar, de forma de ejercer la política, o de recuperar el ansiado bienestar social usurpado por el poder.

Hasta no hace tanto, los ingenuos ciudadanos estimábamos que sólo había un par de cosas reversible, el radiocasete con función “autoreverse” y algunas prendas de vestir con doble cara, a las que se les podía dar la vuelta cuando te cansabas de ver una o cuando el decoro aconsejaba retirar alguna de la exposición a la vista pública. Sin embargo, la historia es rica en ejemplos de reversibilidad e incluso de poderes reversibles.

Por ejemplo, hay muy pocos políticos que no estén dispuestos a defender una cosa y la contraria con tal de obtener un beneficio electoral para sí mismos o para el partido en el que militan. No dudan para ello en maltratar el lenguaje, los conceptos y lo que haga falta. Un ejemplo claro lo ofrece Antonio Hernando, portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, que ha pasado de defender las posturas de un secretario general de su partido en oposición frontal al PP a defender las de la coordinadora actual que ha permitido la investidura de Mariano Rajoy. Y lo ha hecho vistiendo el mismo terno, con su dicción habitual y casi sin descomponerse, sin necesidad de recurrir a las sirtes y perífrasis y a la restricción mental que los círculos eclesiásticos vienen utilizando. Desde que la iglesia católica existe viene diciendo y haciendo lo que el poder de cada momento ha querido escuchar independientemente del mensaje y de las consecuencias; todo a cambio de su propia supervivencia.

Por un momento creí que el único político que se resistía a la reversibilidad de la opinión y a la contradicción de la acción era Donald Trump, que parecía decidido a llevar a cabo un programa tan bárbaro y de formulación tan elemental que hasta los analfabetos gramaticales y políticos han conseguido entender beneficioso para esas vidas que le han entregado. Afortunadamente, el ejercicio de la política, los múltiples errores que está cometiendo y la contestación intra y extra nacional que está suscitando ya le han obligado a revertir algunas de sus intentonas: entre ellas algunos nombramientos, la supresión de la política sanitaria de Obama, etc…Que semejante individuo vaya siendo metido en el juego político, en los equilibrios entre los diferentes poderes del Estado, hace concebir algunas esperanzas, aunque son muchas las inquietudes y las incertidumbres que aún genera.

Hemos escuchado desde siempre que rectificar es de sabios, y así es. Cambiar de opinión, si no es un ejercicio de acomodo impropio, puede ser sano para uno mismo y para la comunidad. Cambiar de orientación de voto, también. Para ejemplo, la Comunidad Valenciana a través de algunas iniciativas que se van concretando: la reversión de algunas áreas sanitarias a la gestión privada parece posible y la voluntad política de que así sea se está concretando, como sugiere el reciente anuncio de la vuelta al sector público del hospital y los centros de atención primaria de Alzira, otrora la bandera de gestión privada de la sanidad que se inició con José María Aznar en el gobierno central y Francisco Camps en el valenciano y sirvió como modelo para extender la privatización del sector público en la Comunidad Valenciana y su extrapolación a la Comunidad de Madrid, entre otras.

La experiencia acumulada demuestra que la gestión privada de la sanidad no es más eficiente económicamente porque debe generar beneficios crecientes, lo que no  ocurre con la gestión pública. Además, es menos social porque no cubre toda la prestación sino sólo los aspectos más lucrativos, provoca la desfinanciación de la sanidad pública, lo que implica el deterioro asistencial y la perversión del sistema mediante la incitación de pacientes a contratar servicios privados (lo que nos lleva a disponer, como sentencia El Roto en su viñeta de El País del día 16 de marzo de 2017, de una sanidad de pago y otra de pega), es insolidaria porque la asistencia que recibe cada uno depende de su poder adquisitivo al perder la consideración de servicio público (Es decir, nos retrotrae al período pre-democrático anterior a la universalización de la sanidad pública), y atenta contra la justicia distributiva.

Por eso, la actuación del Gobierno de la Comunidad Valenciana debe ser seguida con atención y apoyada para que la reversión de la gestión privada de la sanidad vuelva al sector público y para que, como ya consiguió la “Marea Blanca” en la Comunidad de Madrid, no vuelva a privatizarse la gestión de la sanidad en nuestro país. Si la reversión de Alzira tiene un éxito aceptable, se podrá iniciar en otras áreas sanitarias de la Comunidad y en otras Comunidades Autónomas.

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