Creación, evidencia visual y nuevos dioses

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoSostiene Viv Albertine, guitarrista y cantante de The Slits, una banda feminista y punk, que «no se puede ser artista sin dañar a nadie». Es como si la práctica del arte fuera como la ética, que no deja indiferente a nadie y, a mayor abundamiento, puede entenderse que así sea porque, generalmente, aborda cuestiones trágicas sobre las que es difícil alcanzar acuerdos unánimes. El arte, para serlo, debe conmover y remover la emoción con un componente orgánico, visceral, que nos mueva hacia las manifestaciones artísticas, hasta la frontera de lo que se ha creado hasta ese momento, hasta el abismo de lo nuevo en arte, costumbres y formas de vida. Y esto no sólo no genera indiferencia sino que anima voluntades de adhesión y de repulsa.

Distante del Londres de Viv, en nuestro Madrid, «un grupo de jóvenes está nuevamente agitando los cimientos estéticos, artísticos y sociales» según cuenta Marta Flores que, además, se anima a hablar de una vuelta a la movida madrileña de los 80, con su natural distancia, a la que ha denominado La Removida. Un nuevo grupo de actores, diseñadores, modelos y nuevos énfasis a la hora de entender las formas y las relaciones parece que se están afianzando y promueven una nueva convulsión artística y social de la que esperamos su traslación al gran público a través de la transgresión para acomodarse en esta ciudad abierta, cosmopolita, generosa y acogedora como sólo pueden serlo los pueblos multiétnicos y mestizos capaces de conservar el casticismo que les confiere identidad basal.

Sin duda alguna, los nuevos iconos, ídolos o dioses que emergen de los movimientos transformadores han de integrar a los héroes del big data con sus conciertos atronadores de estoicismo matemático, de prosaicismo economicista, de paroxismo de masas y de estética tan realista y poderosa como para transformar la distribución de la riqueza/pobreza en un lienzo tridimensional que niega la filosofía a base de evidencia visual. Es la irrupción de los juegos matemáticos en el arte, de nuevos sistemas de representación con pretensión de captar la atención de los sentidos, jugar con las emociones del espectador y aplastar el ánimo con dosis excesivas de realidad. Porque la vida distante que nos impone la tecnología a través de los medios nos ha convertido, más que nunca en la historia de la humanidad, en espectadores. Porque el espejismo participativo de los medios es eso, espejismo. Tanto como desazón es la realidad elevada al arte. Un arte, como siempre tan distante y tan al alcance de tan pocos.

Tal vez este hecho le otorga razón a Viv Albertine cuando indica que «ahora son los hijos de las clases altas los que marcan el ritmo, pero nunca harán arte rebelde porque son los hijos de los gobernantes». Efectivamente, el poder no necesita cambiar para ser poder; es más, teme y odia el cambio por el riesgo que entraña de que surjan movimientos descontrolados o poco controlables. Pero una creación que ni altera ni pervierte tiene poco de creación.

Mar Quinn, el escultor metido a sociólogo, nos avisa de que «en un mundo sin religión, la fama cubre la necesidad de enfrentarse a algo grande. Las celebridades son como dioses, ya que en el 99% de las ocasiones las vemos en los medios: son dioses, no son personas reales». Y como tales dioses tendrían existencia casi estática e hierática como los iconos antiguos, si no fuera porque el marketing y los poderosos medios tecnológicos los movieran en una calculada cinética publicitaria encaminada a perpetuarlos en el milagro mediático de multiplicar titulares e ingresos.

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