Relectura y acción política

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoHay historias ficticias tan magníficas que uno desea que sean verdad. También hay historias reales que uno desea con todas sus fuerzas que sean de ficción. Con las primeras te reencuentras ocasionalmente en una película o en un texto literario; las segundas te saltan al cuello todos los días al pisar la calle, mirar la prensa, abrir un portal de internet, escuchar la radio o, simplemente, dejándote permear por comentarios y murmullos del entorno. Y esto quiere decir que las primeras historias son ocasionales, y tal vez por ello nos encienden la emoción. Las otras, son tan cotidianas que embotan los sentidos. Tal vez por ello uno intenta grabar las primeras en el recuerdo y olvidar las otras.

Pero el recuerdo, con frecuencia, modifica las historias a conveniencia, las ajusta a la emotividad cambiante del individuo, a las alteraciones de la memoria que, indefectiblemente, se producen con la edad, a la construcción de esa historia vivencial que es la historia personal de cada uno en la que se conjugan la realidad, la ficción que se funden en una especie de fabulación ideática que nos va sosteniendo a lo largo de los años. Por eso nos advierten con frecuencia los sabios tanto de la necesidad como de los riesgos de la memoria, de la vuelta a lugares cargados de emoción en nuestra memoria, de revisitar los templos sagrados de nuestra propia identidad. El riesgo de que se hayan operado cambios geográficos, arquitectónicos, ecológicos, de énfasis en la relación con el entorno; el riesgo de que tú mismo hayas cambiado, convierten en una empresa llena de incertidumbres la vuelta al pasado. En el mejor de los casos, encontrarás que, aún siendo lo mismo, le falta frescura y la fuerza de la emoción del primer descubrimiento. Lo hemos experimentado con la re-visualización de tantas películas: son las mismas, pero ya hemos integrado o amortizado la emoción que suscitaron en nosotros la primera vez.

Algo similar ocurre con los textos literarios: un libro es lo que es en su primera lectura, luego pasa a ser otra cosa u otras cosas. Con la relectura te ocurre como con la acción política: al releer, al volver a considerar de forma reiterada unas nuevas elecciones o el comportamiento de los políticos ante tales o cuales problemas sociales, observas que cada vez te va ilusionando menos hasta que llega un momento que pierde tu consideración.

El literato francés del siglo XIX Joris-Karl Huysmans, deja constancia en su libro A Contrapelo que los hombres de letras no vuelven a leer sus obras una vez que han sido publicadas porque “nada es más decepcionante, más penoso, que releer, años después, sus propias frases. Estas se han decantado de algún modo  y están asentadas en el fondo del libro; y, en general, los volúmenes no son como los vinos que van mejorando según van envejeciendo; una vez sedimentados por el tiempo, los capítulos se desbravan y su aroma se esfuma”. Algunos autores han ido aún más allá, como Pío Baroja, del que se cuenta que ni siquiera corregía las pruebas de imprenta por la imposibilidad de recrear el pensamiento original y la disposición de ánimo que compuso la obra.

Más recientemente, Javier Marías ha manifestado algunos miedos ante la reedición de su obra Corazón tan blanco veinticinco años después. Y para ello recurre a los peligros de la relectura que atribuye a Ignacio Echevarría: “libros que uno leyó con entusiasmo a los veinte o treinta años, lo defraudan o se le caen de las manos a los cincuenta o sesenta” y manifiesta alguna duda sobre la causa de este fenómeno: “y no hay manera de saber de quién es la culpa: si del lector antiguo e ingenuo, si del lector actual y resabiado, si del libro mismo que era excelente cuando apareció y una birria cuando mal ha envejecido”. Por eso dice Javier Marías que prefiere “guardar un buen recuerdo difuso, y tal vez equivocado, antes de someterlo a la revisión de unos ojos más experimentados, impacientes y cansados”

Lo mismo, o al menos muy similar (aunque haya que salvar distancias emocionales e intelectuales) ocurre con la acción política. La reconsideración de las ilusiones de hace 50 o 30 años han devenido en el hastío de la corrupción, de las mentiras, del manierismo verbal de los políticos, y el olvido de todos aquellos héroes, ideas, y opciones por los que nuestros antepasados empuñaron las armas intelectuales y físicas, y entregaron sus vidas.

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