No tomar el nombre de Aristóteles en vano

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoCuando menos te lo esperas surgen, como una especie de sortilegio, los vapores fétidos de la maldad revestida de las más diversas galas. A veces uno piensa que es el azar, pero en otras no queda más remedio que rendirse a la evidencia de una calculada programación en la que tal vez las circunstancias se comporten como elementos desencadenantes o a la que un episodio incidental pueden sacarlo de sus cavernas y llevarlos a la primera línea de actualidad.

 Se pueden ajustar a este esquema los atentados terroristas en ciudades estratégicas con la finalidad última de que el terror nos atemorice y nos lleve a la convicción (próxima a la certeza) de que es imposible escapar a la acción de estos seres entregados a opciones disparatadas para los que todos pertenecemos a un enemigo genérico e inconcreto por difuso pero que sirve de objetivo para la consecución del fin. También se ajusta al esquema la acción-reacción de los gobiernos involucrados en las guerras infinitas y cada vez más tórpidas que se libran en diversas partes del mundo, la acción de los Organismos reguladores, secuestrados como están, por los juegos del Voto y el Veto, y, naturalmente, las arremetidas religiosas. Hablamos, claro está, de la era pos-moderna y pos-verdad que vivimos y de los enredos que mantiene en Siria y las consecuencias mundiales que está acarreando. Antes ha habido otros, los más están latentes, y el futuro nos traerá otra ensalada de despropósitos, que serán generados por las naciones y sus intereses, en los que la ONU fracasará una vez más porque no tiene poder real, sólo moral y coaccionado.

Se dice que la maldad es consustancial con la especie humana, y puede que lo sea como lo colateral que acompaña a cualquier acción. No en vano se asume que lo colateral es lo malo que acompaña a toda acción. Sin embargo, es discutible que el mal campe por sus respetos porque sí y que en cada uno de nosotros habite una ración sustancial del mismo. Antes bien, el mal es una estrategia, disfrazada de formas diversas, para alcanzar fines más o menos explicitados. Y casi siempre espureos, partidarios y contrarios a la voluntad popular mayoritaria.

No hace tanto, el grupo ultracatólico Hazte oír, dio en pasear por las calles de Madrid un autobús con leyendas ofensivas contra la igualdad de género y de sexo, contra conductas consolidadas en nuestra convivencia cotidiana, contra el orden legal que ampara las prácticas de los matrimonios homosexuales, de los cambios de sexo y de la libertad de elección según sus inclinaciones. Haciendo uso de la libertad que puede invocar cada español en el estado democrático que nos hemos dotado, recurren a comportamientos poco cívicos para pervertir la paz social invocando preceptos propios del concilio de Trento ampliamente superados por la sociedad española. No obstante la prohibición legal de circular con la leyenda penada por un juez de Madrid que decretó inmovilización del autobús, este grupo, distinguido por el exministro ultracatólico  del interior con algunas prebendas fiscales, tuvo la osadía de aludir a Aristóteles, el sabio del siglo IV antes de Cristo, poseedor, según se ha dicho “de un cerebro capaz de albergar una universidad rica en facultades”, para justificar su campaña con la excusa de que “el principio de las categorías” justificaría sus propuestas discriminatorias y malvadas. Y todo ello bajo el supuesto de que su campaña es “un espacio de libertad”.

Flaco favor se le hace a la filosofía aristotélica con alusiones tan cargadas de sinsentido y con interpretaciones tan tendenciosas, cuando precisamente el principio de la Eudemonia, o del bienestar, se sustenta precisamente sobre el disfrute de los sentimientos agradables que la vida nos depare y que hemos de conjugar la satisfacción y la contrariedad para alcanzar una sensación global de bienestar, que es justo lo que nos hemos ido concediendo con la articulación legal democrática en oposición a la tiranía de la imposición retrógrada que pretenden los ultramalvados de Hazte Oír. Y nuestro gobierno los bendice a través de sus ministros.

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