Rajoy abraza al santo antes que al juez

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSi la tradición se cumple y la Audiencia Nacional da el plácet, el presidente del Gobierno Mariano Rajoy declarará como testigo frente a los jueces del «caso Gürtel» después de comparecer en la catedral compostelana ante el patrón de España. Si se cumple la tradición, el líder del PP abrazará al apóstol Santiago por la espalda, de la misma manera que estruja los presupuestos generales del Estado por la retaguardia para obtener el apoyo de los nacionalistas vascos o que achucha a los independentistas catalanes con posturitas relacionadas con la corrupción de CiU, ahora PDeCAT, para que sus diputados se abstenga en la votación del decreto de la estiba y la desestiba y permitan que salga adelante.

Nada extraño, lo de dar prioridad al santo sobre los pobres pecadores que conforman esa masa amorfa y condescendiente casi hasta la complicidad que hemos dado en llamar ciudadanía, en un partido que rodea con sus brazos a las fuerzas y cuerpos de seguridad para aflojar la amorosa presión en cuanto llega un informe de la UCO que pone en entredicho los comportamientos de sus dirigentes. A partir de ahí, las flores devienen en cardos borriqueros y donde había profesionalidad, entrega y sacrificio aparece la sombra de la sospecha y el intento de desacreditación.

Rajoy corre despacio y para llegar antes a la primera estación de su viacrucis ha decidido dejar para las postrimerías de julio su aparición estelar ante las señorías togadas que juzgan una parte de la podredumbre que afecta a la formación que dirige desde que el lenguaje políticamente correcto apeó a Santiago el tratamiento de Matamoros. Será después del puente, cuando una mitad del país hace las maletas para largarse y la otra mitad para regresar, el momento en el que se corporeizará desde la Moncloa a través del plasma, como manda la tradición cada vez que pintan bastos. Los proponentes aducen para justificar el uso de la tecnología que sería poco menos que insoportable para el erario, en materia de seguridad, desplazar al interfecto hasta el búnker de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares.

Están en su derecho de argumentar a base de milongas de la misma manera que a los demás nos asiste la facultad de considerar la base de la excusa como una prueba más de que todavía –y alguna culpa tendremos– solo nos consideran mayores de edad a la hora de votar. ¿O es que resulta más caro proteger al presidente cuando es citado por uno de los poderes del Estado que cuando acude a un acto de partido, a un mitin de adhesión inquebrantable o, simplemente, a una de sus carreritas por la foresta gallega entre castaños, eucaliptos, braceos y jadeos? Amos, anda. Oír hablar de austeridad en un contexto como el actual a los representantes de una organización que, como los hunos de Atila, no deja crecer la hierba por donde quiera que pasan, es, como poco, hilarante.    

Igual de jocosa resulta poner en la misma frase «Rajoy» y «declaración». Ambas conforman un oxímoron. Así que tanto da que «declare» a través de un monitor, presencialmente o mediante palomas mensajeras. Como la tradición prescribe, el compareciente no sabrá nada acerca de lo que se le pregunte, alegará que él no estaba en el lugar de los hechos, ni delante ni detrás ni a un lado, afirmará que su misión histórica es ser fuerte para salvar a la patria y que no está para detenerse en los pequeños detalles. O sea que atentará contra el octavo mandamiento. Cosa que queda horrible pocas horas después de susurrarle al oído al santo, seguramente, que le alivie del peso de la cruz.

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