De desgracia en desgracia

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEn contra del dontancredismo que se atribuye a Mariano Rajoy vaya usted a saber por qué interesadas razones, el Gobierno ha reaccionado con celeridad tras el último diagnóstico de la Comisión Europea que revela que España tiene un grave problema de corrupción (nos ha jodido el profeta) y critica la falta de una estrategia para prevenir y mitigar sus riesgos. Nada más conocerse el demoledor análisis, y atendiendo al toque de atención del órgano supranacional, el Ejecutivo movió los hilos de la marioneta y, para demostrar que en la lucha universal contra el desbarajuste actualmente en vigor no hay mejor Gepeto, logró que Concepción Espejel, la magistrada excluida en su día de los tribunales que juzgan los casos Gürtel y Bárcenas por su manifiesta afinidad con los populares, fuera elegida por el CGPJ presidenta de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, puesto que le otorga una notable capacidad decisoria sobre algunos de los más importante asuntos de corrupción que afectan al jefe el Ejecutivo y a su tropa.

Es lo que se llama predicar con el ejemplo o pregonar y no dar trigo. La cosa bien podría pasar por una disparate más en un contexto disparatado en el que el Congreso ha reprobado al fiscal general del Estado, al fiscal Anticorrupción y al ministro de Justicia y donde el jefe del Ejecutivo deberá declarar por la presunta financiación ilegal del partido que lidera tanto en la Audiencia Nacional como en la macrocomisión de investigación abierta en el Parlamento. Pero no. La designación de Espejel poco después de que el juez Enrique López, recusado por idénticos motivos en el mismo lote, fuera ascendido a la Sala de Apelaciones, hay que situarla en el ámbito de la provocación y la desvergüenza. Del desprecio, una vez más, a la inteligencia de unos contribuyentes  que sin acabar de asimilar los intríngulis que permiten que el magistrado de Púnica y Lezo, Eloy Velasco, abandone la investigación en su punto más álgido para ocupar plaza en el mismo destino que el anterior, se mete de hoz y coz en un gallinero donde el zorro pretende hacerse pasar por gallo.  

Estamos de nuevo ante la sentencia que dice que la mujer del César no solo debe ser honesta sino además parecerlo. Pero Dolores de Cospedal no es ni Pompeya Sila ni el divino Cayo Julio. Es sencillamente una pieza más dentro del tablero del despropósito que se enroca en el descaro y la osadía. En el insulto al sentido común, vamos. Reputada invocadora de galimatías, la dirigente conservadora y ministra de Defensa, amiga confesa y admiradora sin límites de la magistrada en cuestión, como demostró entre ditirambos al referirse a ella como «Concha» en el acto en el que le fue entregada la Gran Cruz de San Raimuno de Peñafort, consideraba recientemente una «desgracia» que un personaje como Ignacio González hubiera llegado a ser presidente de la Comunidad de Madrid. Como siempre, empleaba mal el lenguaje. Pisar una mierda de perro en Alicante, verbigracia, y romperse el coxis, es una desgracia. Pero permitir durante lustros con la excusa del desconocimiento que un saqueador de fondos públicos llegue al trono pese a los indicios de enriquecimiento desmesurado que jugaban en su contra es complicidad.

Una desgracia es que tantos años después de que el fenómeno de la corrupción política asomara con toda su virulencia todavía no se hayan puestos en marcha medidas efectivas para erradicarlo que pasan necesariamente por establecer mecanismos que eviten la contaminación del sistema judicial y, sobre todo, disipen en los ciudadanos la desasosegante sensación, convertida en demasiadas ocasiones en certeza, de que la separación de poderes no es otra cosa que una milonga para incautos. ¿Qué tendrá que pasar aquí para que pase algo?

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar