No me sean chismosos

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoHa sido escuchar al presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, renovando su apuesta por el apocalipsis y venírseme a las mientes aquella gloriosa intervención de Mariano Rajoy en 2007, cuando para restar importancia al cambio climático echó mano de un primo, catedrático de Física, dijo, de la Universidad de Sevilla. Narró el ya por esa época presidente del PP a la concurrencia que el académico le había resumido la situación de una manera así de pedestre: «He traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que hará mañana en Sevilla. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?». Lo que explicaría, de ser cierta la parábola del pariente, por qué España estaba hace diez años en un nivel investigador tan depauperado como el que ocupa ahora, por un lado, y por qué Rajoy es presidente del Gobierno en vez de registrador de la propiedad en Santa Pola, por el otro.

Al fin y al cabo, el líder perpetuo de los populares no hizo sino seguir la tendencia marcada por su predecesor José María Aznar, un redomado negacionista que consideraba el problema poco menos que un camelo y que calificaba de «enemigos de la libertad» a quienes advertían de los riesgos que estaba afrontando el Planeta hasta que fue elegido presidente del consejo asesor de Global Adaptation Institute, una organización sin ánimo de lucro pero con mucho dinero. Corría 2010 cuando la parte más menuda del trío de las Azores se cayó del caballo y se convirtió en adalid de la lucha por la acomodación de los países al calentamiento universal. La pela es la pela, que diría Pujol mientras miraba cómo la asistenta renovaba los pañales a su numerosa prole por riguroso orden de edad. Y la cara, la cara.

Para Rajoy, que ya mucho antes de llegar a la Moncloa ataba los perros con hilillos de plastilina en vez de con longanizas, lo del cambio climático era un chisme. Es decir, una «noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna», si nos atenemos a la primera acepción del Diccionario. Y «chismes», según el análisis del jefe del Ejecutivo no se sabe si con el asesoramiento de su primo meteorólogo, son todas esas menudencias que están haciendo que se le atragante la legislatura pese a que recientemente aseguró en una entrevista que estaba viviendo el mejor momento de su existencia. Sin citarlo expresamente, y después de que la momificada diputada Celia Villalobos calificara de «cotilleo» las publicaciones sobre el escándalo que ha provocado la salida de Manuel Moix de la Fiscalía encargada de poner coto al desmadre, el primo del primo aseveró al respecto que él no se ocupaba de los chismorreos. Que bastante tenía con el Boletín Oficial del Estado y con el Marca como para entretenerse con la prensa rosa de la corrupción, vamos.

Lo hizo a las pocas horas de que refrendara con un rotundo «sí» la confianza que tenía depositada en el representante del Ministerio Público dimisionario, dando así de paso una sonora bofetada a la sacrosanta apariencia de imparcialidad, y coincidiendo con una información que sitúa a Eduardo Larraz, exalto cargo de la Comunidad de Madrid con Esperanza Aguirre y exjefe de gabinete de Celia Villalobos –vaya por Dios– como titular de 146 lingotes de oro que estaban a buen recaudo en Suiza. Lo cual ha provocado que muchos sigamos extraviados en los vericuetos del asombro. Estábamos intentado dilucidar qué es más sorprendente: a) que el fiscal Anticorrupción reprobado por el Congreso y señalado reiteradamente como ejecutor de maniobras que favorecen al PP en sus pleitos con la Justicia tenga una empresa en un paraíso fiscal; b) que justifique su participación en la sociedad y defienda su legalidad ignorando la parte ética del asunto; c) que su superior jerárquico, el también reprobado fiscal general del Estado –y a partir de ahora general del Ejército–, José Manuel Maza, le avale y afirme que no comprende las «razones personales» que le han llevado a dimitir, y llega Rajoy, que cuenta ya las horas para declarar de cuerpo presente ante la Audiencia Nacional por la financiación ilegal de su partido, y reduce toda la podredumbre que tiene encima a una cuestión de chismes, maledicencias, intoxicaciones y bulos.

Hace tiempo que su proyecto regeneracionista ha entrado en los anaqueles de la literatura infantil en un grueso volumen titulado Cambio patético: historia de la perplejidad contada a los niños? Qué suerte ha tenido Rajoy de que le haya salido un competidor tan duro como Trump. Y que infortunio que no dejemos de asombrarnos con ambos.

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