Horizontes de grandeza pero con los pies en el suelo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoCatedráticos y profesores de diversas universidades, expertos en museos, técnicos y especialistas, la flor y nata, vamos; la élite del pensamiento, el novamás, o sea, se dieron cita recientemente en Alicante para pergeñar una estrategia que permita a la ciudad, con sus castillos, baluartes y torres defensivas como excusa, acceder con garantías de éxito a la declaración de Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO. Oé, oé, oé. El 12 de junio, después de una larga misión apostólica del portavoz municipal Natxo Bellido intra y extramuros de la urbe que codirige bajo la adscripción de Compromís junto a Guanyar y el PSOE para explicar a tirios y troyanos las principales líneas de desarrollo hasta 2025, será presentado en sociedad, con la alharaca propia de los magnos eventos, el Plan Ciudad. (Aquí, cerrada ovación, flameo de pañuelos, invocaciones a la Santa Faz, vivas a la Virgen del Remedio y cántico a pleno pulmón de ‘La manta al coll’).

Era menester mostrar algo de músculo coincidiendo con el ecuador de la agitada legislatura y el Ayuntamiento aborigen optó por la ingesta de anabolizantes para lograrlo. Es decir, tiró de manual y, a falta de concreciones, apeló al futuro en un intento desesperado de justificar el presente. Tras dos años en los que las sombras han oscurecido los claros, en los que los grises han imperado en la paleta cromática y donde las malas relaciones entre los socios de gobierno han permitido desvelar, entre otras cosas, una bisoñez y un chiripitiflautismo que les ha llevado a cometer sonoros errores de bulto en beneficio del oportunista y descarado PP, los actores del sainete diferían su gestión en la confianza de que cualquier tiempo pasado habrá sido peor y se abonaban a los fuegos de artificio.

Lo cual no quiere decir necesariamente que los propósitos y las buenas intenciones deban de ser echados en saco roto. Toda ciudad que no quiera quedar reducida a los límites de una aldea necesita planificación, perspectiva, proyectos y debates, con cuanta mayor participación mejor, para su desarrollo armónico. Pero ocurre que estamos en Alicante, un municipio de mediano tamaño y con menos atractivos de los que el tradicional ombliguismo pueblerino pretende hacer creer, en el que han proliferado inventos y se han gastado ingentes cantidades de dinero en parafernalia con el resultado de un soso caldo de borrajas. Aquí casi nada fluye o, como poco, casi todo se dilata. Por eso, a la vista de la experiencia acumulada en décadas y para no añadir nuevas frustraciones al panorama, se impone dejar en cuarentena los cantos de sirena por bien que suenen.

En resumidas cuentas, que está de rechupete que nuestros munícipes de cabecera miren hacia horizontes de grandeza, pero con los pies en el suelo. Ahí mismo, en el asfalto, en el parterre, en el albero del parque y en el alcorque, a pocos centímetros de su cabeza en cualquier caso, podrían observar, a nada que doblaran la cerviz, la certera realidad. Verían que las suntuarias y pretenciosas proclamas chocan con lo consuetudinario. Y es que parece un sarcasmo pretender ser la octava maravilla del mundo mientras el vecino del quinto hace eslalon por la acera para sortear imponentes mierdas de perro, por poner bajo el foco la parte más visible y maloliente de la ausencia de limpieza una vez superado el cordón turístico en el que se vuelca la Concejalía del ramo con más medios y personal. Suena a cachondeo que se piense en el más allá mientras se pone de relieve una clamorosa incapacidad para resolver el más acá.

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