El PP y las ruedas de molino

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLa santa indignación que está mostrando el PP desde que la oposición decidió  hacer piña para investigar el lado oscuro –¿tiene algún lado claro y luminoso?– del partido que sustenta al Gobierno movería a risa si no fuera porque confirma y convierte en redundante algo que todos conocíamos: que su apuesta por la regeneración es una ficción; que su respeto a las reglas del juego democrático, cuyos lances se registran en un Parlamento fragmentado depositario de la soberanía popular, brillan por su ausencia; que su inveterada adscripción a la mentira, a la manipulación de la realidad contante y sonante y al uso y abuso las instituciones es ya patológica; que su cinismo, reiteradamente explicitado por sus más conspicuos voceros, ha entrado a formar parte de la antología del despropósito nacional y, sobre todo, que su miedo a un pasado convertido en presente por la inacción, la complicidad, la complacencia y la soberbia de sus dirigentes actuales y pretéritos ha acabado convirtiéndose en una pesadilla de la que únicamente despertarán cuando las urnas dejen de ser unas cómodas almohadas.

Los últimos intentos de torpedear la comisión de investigación que abordará la presunta –es un eufemismo– financiación ilegal de los conservadores patrios han alcanzado niveles de patetismo difícilmente homologables en el ámbito internacional. Pretender que se circunscribiera a los años posteriores a 2015 porque solo a partir de entonces la contabilidad tramposa se considera delito es otro atentado a la inteligencia de los ciudadanos solo equiparable a las amenazas de llevar su rabia al ámbito judicial para que fueran los magistrados quienes dictaminaran sobre su legalidad. Advertir a los partidos, como han hecho el portavoz Rafael Hernando y el vicesecretario general de Organización Fernando Martínez Maíllo, y tras ellos toda la corte celestial, de que se verán las caras en el Senado, donde su mayoría absoluta les permite universalizar las pesquisas, parece la pataleta de un tierno infante que ha sido despojado del rodillo con el que laminaba la plastilina en esa gran guardería que es el Congreso de los Diputados.

Intentar que los trabajos se circunscribieran al ámbito del PP nacional obviando el plano periférico de las comunidades en las que han gobernado o gobiernan haciendo de su capa un sayo no es sino una pretensión escénica de minimizar los daños habida cuenta que a estas alturas del desmadre es evidente que el todo, sin la suma de las partes, dejaría coja la operación llevada a cabo por un consorcio muy parecido a una banda organizada para delinquir. Martínez Maíllo, como Gustavo Adolfo Becker, se preguntaba, clavando su pupila azul en nuestra pupila dilatada por el asombro, si lo que estaba haciendo la oposición era legal. ¿Y tú me lo preguntas? Ilegalidad... eres tú y tus circunstancias.

Y para refrendarlo, el Tribunal Constitucional se convirtió en ola y se añadió al tsunami que se ha llevado por delante la credibilidad de un Gobierno reprobado que tiene a su presidente con un pie en la Moncloa y el otro en los tribunales. La anulación por unanimidad de la amnistía fiscal perpetrada por Cristóbal Montoro para favorecer a los más reputados defraudadores, consanguíneos muchos de ellos, cuando las víctimas de la crisis se contaban por millones, deja poco resquicio a la duda. Una resolución que, entre otras cosas, acusa al Ejecutivo de «abdicar» de sus tareas y de legitimar «como una opción válida la conducta de quienes, de forma insolidaria, incumplieron su deber de tributar de acuerdo con su capacidad económica, colocándolos finalmente en una situación más favorable que la de aquellos que cumplieron voluntariamente y en plazo su obligación de contribuir», sería suficiente motivo como para que dimitiera el autor del decreto. Pero el titular de Hacienda, el mismo personaje que pidió a los partidos a voz en grito en los pasillos del Congreso que dejaran que España se hundiera porque para salvarla estaban ellos, el PP, no está, como su jefe de filas, para chismes. La verdad es que no están para nada. Y lo peor es que ya ni siquiera se les espera. Creen que con tener los presupuestos aprobados gracias al reparto estratégico de fondos están legitimados para hacernos comulgar con ruedas de molino, pero no valoran los intangibles. Que cuentan, y mucho.

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar