El ruido y las nueces

JESÚS ALONSO

Jesús Alonso«Dejar a un lado el extremismo, el griterío, el radicalismo y la crispación». Esta es la fórmula secreta del ungüento amarillo que acumula Mariano Rajoy en la rebotica de su Gobierno para que el país avance infatigable por la senda de la recuperación y el desarrollo económico. Claro que los ingredientes de la pócima únicamente obran prodigios si no se convierten en un cóctel Molotov contra su gestión y contra la corrupción que le mantiene cercado en los tribunales por más que se empeñe en que cualquier tiempo pasado fue peor, que lance pelillos a la mar como si se tratara de sedales con los que pescar en aguas revueltas y que se presente como el increíble Hulk de la honradez y la honestidad.

Porque si algo le viene como anillo al dedo al líder popular es la suma de: a) la rabiosa inflexibilidad miope, impostada y prepotente de Podemos; b) el alboroto que se registra en un PSOE abocado a su enésima crisis tras un Congreso Federal que, amén de ratificar a Pedro Sánchez como secretario general, ha servido para escenificar que Roma no paga traidores y para evidenciar que la integración solo admite una formulación teórica en la pizarra que fracasa cuando entra en el empirismo del laboratorio; y c) la ambigüedad de Ciudadanos, un partido tan intransigente en algunas materias como el de Pablo Iglesias en otras, que hace de comodín tutelado independientemente de que sean churras o merinas. La suma de ruidos, chirridos, crujidos, ventosidades y eructos dialécticos que resuenan en la bancada de los tres principales partidos de la oposición da como resultante el estruendo que permitió al jefe del Ejecutivo subir tan campante al estrado en la moción de censura para otear el horizonte y proclamar aquello de veni, vidi, vici.

Por más que proclame lo contrario, a Rajoy le cuadra la bronca en su estrategia de despiste. Por eso el indescriptible presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, y tras él todos los irreductibles y policromáticos soberanistas, son sus mejores aliados. Le encaja como una llave en su cerradura la escalada de insensateces promulgadas desde el Palau un día sí y al otro también. Mientras la brecha siga abierta –y no parece que, dados los beneficios colaterales, haya la menor intención de clausurarla– su homólogo estatal podrá jugar a base de perogrulladas, inmovilismo y lugares comunes la baza de la sacrosanta unidad y, de paso, seguir enviando a sus ministros apóstoles para que bombardeen con yoduro de plata los nubarrones y consigan una lluvia fina, orvallo, chirimiri  o calabobos (dependiendo del lugar de la plurinación en el que se produzca el meteoro) que empape de optimismo a los lugareños y les convenza de que o yo o el caos.  

El pim-pam-pum es lo que permite, por ejemplo, al ministro de Hacienda Cristóbal Montoro salir indemne de uno de esos foros de ringorrango que frecuenta después de soltar, como quien suelta una liebre, que nunca en la historia se había producido un crecimiento tan «sano» de la economía como en la actualidad. Que lo diga después de que su ley de amnistía fiscal recibiera una enmienda a la totalidad por parte del Tribunal Constitucional no deja de ser una osadía más de las muchas a las que nos tiene acostumbrados el personaje. Y que se relama ante el momento dulce un par de semanas después de la quiebra de un banco a las pocas horas de que el ministro del ramo, Luis de Guindos, asegurara que todo iba viento en popa, parece una humorada. De la algarabía exógena obtiene el Gobierno y sus servidores pingües beneficios endógenos. Montoro y el Gobierno que está salvando a España hacen caso omiso tanto de los indicadores que advierten de la cronificación de la pobreza como de los que apuntan hacia la obsolescencia del modelo productivo; a los que ponen el acento en los malos contratos y los no mejores puestos laborales y a los aguafiestas que inciden en que la bonanza obedece a factores externos no sujetos a una estrategia planificada, como el bajo precio del petróleo o los conflictos que se suceden en la orilla sur del Mediterráneo, donde se asientan países otrora competidores en condiciones ventajosas en materia turística.

Los populares, que dicen abominar del «extremismo, el griterío, el radicalismo y la crispación» pero mantiene a Rafael Hernando como portavoz parlamentario necesitan que sus oponentes se peleen permanentemente para garantizarse la supervivencia. En ello están y el bálsamo funciona a todo tren. Cuanto más ruido, más nueces.

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