El PSOE sigue dando aire al PP

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoHasta hace nada a uno le hablaban del CETA, el Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y Canadá, y enseguida le venía a las mientes una posible receta transnacional basada en el clásico queso que utilizan los griegos, turcos y búlgaros, entre otros, en su gastronomía. Pues no. Mientras el feta es un derivado de la leche, el CETA es un controvertido producto de la globalización auspiciado por los grandes poderes económicos, la mayoría de los cuales operan en las sombras y a espaldas de los intereses de los ciudadanos, que, según el cristal con que se mire, puede devenir en panacea o en hecatombe.

Pero además de un acrónimo, el CETA es en España un submarino que ha emergido para ponerse al servicio del tradicional abstencionismo que viene exhibiendo el PSOE en muchos de los momentos clave de la política patria desde hace más de un año. También es un caramelo para sus oponentes populares y fuerzas aledañas. Rajoy y su tropa se frotan las manos con fruición ante la contradicción que supone el hecho de que sólo un día después de que los socialistas votaran a favor del tratado de marras en la Comisión de Exteriores, el renovado partido de Pedro Sánchez anunciara que sus señorías se inhibirían al respecto –y van tres– en la posterior votación del Congreso. El plato de la «podemización» hacia la que avanza el socialismo nacional según los más finos analistas del espectro ideológico está servido. Y, por supuesto, el mensaje implícito: no saben por dónde les da el aire y no son de fiar, que diría el fiable, previsible e infalible presidente del Gobierno. Ni un segundo de concesión a la circunstancia de que los cambios en el organigrama de un partido conllevan inevitables modificaciones estratégicas y replanteamientos básicos.  

El caso es que el empeño del PSOE en ser el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el funeral sigue proporcionando al PP un tiempo extra de sosiego. La pirueta de los socialistas, sumidos otras vez en sus cuitas internas, ha permitido que en los titulares de prensa durara poco menos que un suspiro la declaración como testigos del caso Gürtel de los integrantes de la plana mayor popular en tiempo de Aznar, que es donde los geólogos sitúan el epicentro inicial del terremoto que sacude los cimientos de la formación conservadora. Aparte de reírse de los jueces con ocurrencias como la del ignífugo Javier Arenas cuando afirmó que se había reunido con Luis Bárcenas por motivos «humanitarios» estando ya el ahora extesorero a los pies de los caballos, todos ellos hicieron impúdica ostentación de una ignorancia imposible respecto a la financiación ilegal del partido que, con toda seguridad, imitará a pies juntillas Rajoy cuando le toque faltar a la verdad en sede judicial.

Hasta el papa ha estado a punto de perder su minuto de gloria en los noticiarios por culpa del PSOE. Su desmedido apetito por los titulares, siempre alimentados por editoriales de medios de comunicación que no viven su mejor momento en materia de objetividad e imparcialidad, casi ha evitado que el personal se enterara de que Bargoglio ha pedido la excomunión de los corruptos, lo que impediría que píos políticos de obediencia popular, y también de otras obediencias, recibieran en la lengua las hostias que han recibido en el rostro millones de afectados por su afición a meter la mano en la sacristía para llevarse hasta el hisopo.

Francisco los quiere pecadores, que eso se perdona con tres avemarías y un padrenuestro. Pero no corruptos, que es una forma de contravenir preceptos, puesto que vulnera la mayoría de los Mandamientos, pero en plan laico. O sea, a lo grande, a lo Ignacio González y Francisco Granados, a lo Rato y a lo Bárcenas, a lo Blasco y a lo Fabra, a lo Matas y a lo Pujol... Sin feligreses presuntamente dedicados a satisfacer las necesidades de los ciudadanos podría quedarse la iglesia española si triunfara el obispo de Roma en su pretensiones. Lo cual sería noticia de primera siempre y cuando, claro, los socialistas no se sacaran otro as de la manga para desterrarla a un sueltecillo en página par, por abajo y en media columna.

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