Vaya semanita

JESÚS ALONSO  

Un independentista de la tercera edad forcejeó con Hilario Pino para arrebatarle el micrófono de la Sexta mientras intervenía en directo en medio de una gran concentración de gente. Dos señoras cogidas del brazo se regocijaban por tener tan cerca al popular periodista: una le señalaba con un dedo que a punto estaba de perforarle el ojo y la otra asentía con la picardía de una fan de telenovelas. Al mismo tiempo que crepitaban con fuerza los pertinentes y pernitaces gritos a favor de la independencia, contra las detenciones que las fuerzas de seguridad habían llevado a cabo poco antes por imperativo de la autoridad judicial, en señal de repulsa por la manipulación de la prensa españolista, en pro de la democracia, de las libertades, del derecho a decidir, de los derechos humanos, etcétera, una mujer se situaba a la vera del presentador televisivo para robarle plano y mostrar un cartel, al revés, con una de las muchas reclamaciones separatistas y de otra índole que estamos escuchando en estos días de totum revolutum.

Era de noche. La mañana previa, a la hora del vermú, un presunto juglar con barba pulcramente arreglada y cabello blanco medianamente largo, como Kenny Rogers, armado con una guitarra española -Jesús, qué herejía- ofrecía a los manifestantes apiñados en la acera, con una sonrisa de oreja a oreja, su repertorio. El tumulto impedía identificar al titular de las canciones, pero es de suponer que fluctuaban, por el contexto y la épica reinante, entre Joan Baez y Lluis Llac. Las rumbas de Peret, por más que convecino del vate, no entraban en el listado de éxitos. Casi seguro.

Un par de días más tarde, un miembro del benemérito instituto armado interpretaba a capela un fandango de Huelva para responder en Calella a una cacerolada ejecutada con un solo cueceleches. A no se sabe cuántos kilómetros del primero, pero, desde luego, a años luz del segundo, la pantalla mostraba a un joven repartiendo claveles, como en la revolución portuguesa de abril del 75, entre musculosos guardias civiles. Como quiera que rechazaban la ofrenda desde detrás de las gafas de sol de acreditadas marcas deportivas, y a falta de cañones de armas largas en las que introducir el tallo de la flor como mandan los cánones, el esmirriado muchacho los depositaba en el suelo junto a las botas opresoras que, al decir del diputado de Podemos Pablo Iglesias, estaban ejecutando órdenes superiores con el resultado de que las cárceles -ahí vaaaa- se estaban llenando de presos políticos. Todavía resonaban las palabras del histriónico republicano Gabriel Rufián pidiendo a Rajoy que sacara sus sucias zarpas de Cataluña cuando pudimos escuchar en la radio los gemidos de su líder Oriol Junqueras, extremadamente compungido porque el Ejecutivo había alterado ‘las reglas del juego’ -¡vive Dios!- con la intervención de las finanzas autonómicas y el saqueo de papeletas, planchas, censos y demás atrezzo imprescindible para llevar a cabo el simulacro, lo que dejaba entrever que la consulta del 1-O peligraba.

Y así, en tanto el ministerio del Interior condenado parlamentariamente por espiar a políticos secesionistas o, sencillamente, díscolos, para desacreditarlos -lo que no impide que su entonces titular Jorge Fernandez Díaz, siga disfrutando del erario público- fletaba cruceros con la imagen de Piolín en el casco como alojamiento no reglado de las fuerzas de interposición y, por ende, vaya usted a saber si incurso en la economía sumergida turística, el president Puigdemont, que debe tener a Newton como físico de cabecera, seguía oponiendo a la acción gubernamental una reacción igual pero en sentido contrario.

En fin, que llegamos a la última semana antes del día de autos con la vista puesta en la desasosegante posibilidad de que, como formuló Murphy en uno de su principios más aclamados universalmente, todo lo que puede empeorar, empeorará. Pero también en los huracanes que afectan al Caribe. Ya saben: su fuerza mengua a medida que se aproximan a tierra para acabar reducidos a tormentas tropicales. Lo peor son los destrozos que ocasiona su deriva. El balance de víctimas y de daños es casi siempre espeluznante. Y el tendido de puentes y demás infraestructuras comunicativas resulta infructuoso cuando escasea, como aquí, la materia prima.   

   

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