La equidistancia como traición

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoUno de los muchos problemas actualmente en vigor es que hay quien no entiende que se pueda estar en contra del referéndum convocado por el Govern, y del procés en su conjunto, y, al mismo tiempo, censurar total o parcialmente tanto las iniciativas del Gobierno central para impedirlo como la trayectoria recorrida para lograr que estemos donde estamos. La equidistancia está mal vista. La verdad es absoluta o no es. En la confrontación no hay lugar para el justo medio, que es donde suele residir la virtud. Ser hincha del Barça y a la vez aplaudir desde la objetividad los goles del Real Madrid es pecado mortal. Y viceversa. O moros o cristianos. O tirios o troyanos. O churras o merinas. Fuera dudas, solo certezas. El dubitativo es un tibio o, peor, un traidor a la causa, sea esta la que sea. Se puede llamar fascista o rojo de mierda a Juan Manuel Serrat, por mencionar a uno de los iconos que han osado mojarse en la ambigüedad bien entendida a sabiendas de que les iban a llover bofetadas a granel, en función de la grada desde la que se celebre el juicio sumarísimo y se dicte sentencia.

La perversión intencionada del lenguaje y el vaciado de su significado es una consecuencia de la jaula de grillos en la que nos encontramos. No es un conflicto entre el centro geográfico y un lugar muy concreto de la periferia en el que, al igual que en la aldea gala de Asterix, un puñado de irreductibles resisten las acometidas del imperio, sino un acantonamiento en el que los unos se niegan a mirar hacia atrás para hacer balance de errores e intentar enmendarlos en el futuro mientras los otros aspiran al martirio, a falta de mejores resultados, como salida estética a esa condición de víctimas que dicen ser. Admitir interesadamente y a toro pasado que la recogida de firmas para recurrir ante el Tribunal Constitucional la reforma del Estatut que había aprobado el Parlament –esta sí, la madre de todas la batallas– había sido una pifia mayúscula le costó a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría un severo rapapolvo de la fundación de José María Aznar. Sí, el presidente que hablaba catalán en la intimidad cuando necesitaba los votos de Pujol y el que jaleaba a sus huestes para que insultaran al exmolt Honorable devenido ahora en el Alí-Babá de la cueva familiar cuando pensaba que podía gobernar sin su ayuda.

La ausencia de equidistancia y la utilización de un lenguaje de sordos en el que la negociación ha sido sustituida por el pulso está provocando, por extensión, situaciones dignas del mejor Berlanga. Solo la presencia de Piolín en el casco de uno de los barcos contratados por Interior para alojar a la fuerza pública y la animación registrada en las redes sociales por el quita y pon de las lonas empleadas para cubrir el dibujo propiedad de la Warner porque su presencia restaba vigor al operativo y conducía a la chanza, han eclipsado las salidas de guardias civiles y policías nacionales de su cuarteles para prestar servicio en territorio comanche. No llamaban tanto la atención los «a por ellos, oé» futboleros que lanzaba la afición como el hecho de que muchos de los agentes sacaran el brazo por la ventanilla para chocar sus manos con las de los concentrados como quien está a punto de lanzar a canasta una falta personal que puede dar la victoria al equipo. Pero, ¿qué victoria?  

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