Sostenella y no enmendalla

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoA José María Aznar le faltaban dos homólogos para declarar la guerra de forma unilateral, que es como, al parecer, se declaran ahora las cosas de comer. Pero todo se andará. Éramos pocos y la abuela parió sin fórceps en la FAES, esa fundación del expresidente del Gobierno popular que alberga a los quintacolumnistas de la derecha montaraz. Alfonso Guerra también pidió más madera para evitar que Carles Puigdemont se echara al monte de la independencia. Pero no es lo mismo que el pronunciamiento provenga del exvicepresidente socialista que del héroe de las Azores y mentor del actual jefe del Ejecutivo.

Porque mientras al histórico y eterno número dos del PSOE con el orfebre Felipe González no se le conoce actividad física alguna ni, mucho menos, deseo de volver a la política activa, el quisquilloso «estadista» que cuenta a sus amigos por imputados (investigados, en la jerga suavizante que rige en la actualidad) no sólo luce una de las tabletas abdominales más admiradas entres los prohombres en la reserva, según cuentan los amantes del fitness, sino que, además, ya amenazó con volver a la palestra en el caso de que España le necesitara. Y seguro que a estas alturas del desbarajuste piensa que ya va siendo hora de emular al Cid Campeador dada la blandura de su pupilo, el escapista Rajoy, con quien hace años cortó el cordón umbilical por su resistencia a ser tutelado.

Fenómenos más estrambóticas que el retorno del político que hablaba catalán en la intimidad se han visto a lo largo de los días transcurridos desde que se celebró el estrafalario referéndum. Y antes. Lo que no parece posible en medio de tanta manipulación, tanta mentira, tanta apelación a los sentimientos, tanta escalada verbal –paso previo a otro tipo de escaladas–, tanto juego del gato y el ratón, tanta alianza inverosímil entre la ordenada burguesía nacionalista y el separatismo radical, tanto griterío, tanta incompetencia, tanto flameo de banderas y tanta contumacia en los posicionamientos, es el regreso del sentido común, norma política de obligado cumplimiento que pasa, en primera instancia, por la preceptiva supresión de las anteojeras que lucen los principales contendientes a la usanza de las pretéritas reatas de mulas y otras acémilas.

Del empecinamiento de los promotores de la ruptura –Jesús, qué miedo: otra vez sediciosos, patriotas y traidores en ambos campos– hay ejemplos a tutiplén. Las advertencias que a modo de tormenta con granizo les llegan como bofetadas a izquierda y derecha y desde el estamento judicial hasta las instancias oficiales domésticas y comunitarias, son, al parecer, chirimiri para los receptores del mensaje. En la tensa espera se suceden acontecimientos cuya entidad siempre será inferior a la de los eventos que se registren a la hora siguiente. Los discursos son meras réplicas repetitivas y la realidad se convierte en ficción cuando quien está en el uso de la palabra es, pongamos por caso, el irredento  y patético vicepresidente del Govern Oriol Junqueras.

Resistente hasta el numantinismo desde su bien cultivada pose de orondo monje que dialoga lo mismo con Dios que con el Diablo, no deja que los datos contantes y sonantes le estropeen el titular de la jornada. Por eso, mientras el Banco Sabadell anunciaba su vuelta al claustro materno en Alicante –del que salió por cesárea cuando era una quebrada CAM– después de que algunas importantes empresas establecidas en Cataluña hicieran lo propio y otras tantas anunciaran que se lo estaban pensando, el líder republicano calificaba los hechos de vaticinios que nunca se habían cumplido para unas horas después decir que bueno, que vale, pero que la tocata y fuga era solo temporal. Por cierto, sin ánimo de ofender, ¿lo de cambiar la ley para facilitar el trasvase de compañías de territorio catalán al resto de España, como ha hecho el Gobierno, no se parece bastante a lo que reprocha a sus contendientes?

Sostenella y no enmendalla, que diría el castellano viejo. Y «así no», que le reprochó Puigdemont a Felipe VI tras el admonitorio y teledirigido discurso del monarca. Pues eso.

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