Siguen aquííííí

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDa la sensación de que las banderas que flamean por las calles y que penden de ventanas y balcones están haciendo las veces de sudarios tras los que se oculta el fantasma de la corrupción. O de alfombras bajo las cuales se acumula la basura generada por gestores de administraciones públicas que dicen hablar en nombre de los mismos ciudadanos a los que han desvalijado durante años de forma directa o por personas interpuestas. Da la impresión de que el monotema, considerado el conflicto más grave al que se ha enfrentado el país en democracia, es un enorme edredón nórdico que aísla de la intemperie a personajes apestados, dada su condición de dirigentes de partidos e instituciones que vienen acreditando comportamientos irregulares cuando no abiertamente ilegales.

Resulta inevitable pensar que en medio de un despendole como el actual, en el que el dramatismo y la revolica bufa siguen dándose la mano que a veces se cierra en puño para repartir estopa, el presidente del Gobierno Mariano Rajoy y su antagonista Carles Puigdemont disfrutan de la sordina en la que ha entrado el pasado más turbio de los partidos en los que crecieron y se multiplicaron y se recrean en la suerte de convertirse en héroe, el primero, y en mártir el segundo. Un pasado imperfecto para la mayoría y pluscuamperfecto para los bandoleros que será presente de indicativo hasta que todos los involucrados en el latrocinio ocupen plaza en su cárcel de cabecera.

Así las cosas, los árboles de la crisis territorial están impidiendo ver el intrincado bosque de la corrupción. O, al menos, se diría que éste empieza a asemejarse a un jardín botánico. Deslumbrados por los destellos rojigualdas que acompañan a las declaraciones de afirmación nacional que se suceden a un lado y al otro de la barricada, cariacontecidos frente a los episodios de violencia que amenazan con pasar de anécdota a categoría, perplejos ante una dinámica diaria que desgrana las sorpresas como si fueran minutos, y asombrados de que el comportamiento y la calidad de los dirigentes electos sigan dejándonos ojipláticos pese al entrenamiento al que hemos sido sometidos con una severidad espartana, tal parece que el terreno abonado al escándalo de la depredación económica hace tan solo unos meses se encuentra ahora en barbecho.

La magnitud de la revuelta catalana, la palmaria ridiculez de sus promotores, las respuestas por goteo de sus contrincantes y la monumental toma de rehenes que ambas fuerzas están llevando a cabo para convertirlas en falanges combatientes están propiciando que el chaparrón de la corrupción se haya transformado en un calabobos que pasa desapercibido gracias al paraguas del follón de todos los follones. Pese a que a la maquinaria judicial le cuesta arrancar, una vez en marcha, aunque al ralentí, avanza inexorable hasta la sentencia final. Sin embargo, todos los pasos que dan los jueces y fiscales dedicados a resolver los múltiples asuntos pendientes son absorbidos por el ruido exterior. En medio del fragor de una batalla que les viene tan bien a los unos como a los otros apenas son capaces de abrirse un hueco relevante en los medios de comunicación trapisondas que nos escandalizaban no hace tanto tiempo. Que el fiscal mantenga que la trama Gürtel financió ilegalmente al PP o que las investigaciones constaten que la Fórmula Uno valenciana fue un apaño para hacer negocio son noticias que duran en los titulares menos que un caramelo a la puerta de un colegio.

De persistir la bronca –que persistirá– acabaremos preguntándonos quién fue Iñaki Urdangarin, qué hizo Luis Bárcenas; a quién engañó Rodrigo Rato; por qué Ana Mato se sienta en el banquillo; para qué utilizaba las bolsa de plástico, aparte de para transportar dinero sucio, Ignacio González; cómo destruyó el PP los ordenadores del excontable, si a martillazos o con goma dos; que fue de la dinastía Pujol, o si el tres por ciento era una comisión ilegal o algo relacionado con el índice Nikkei. Para no perder de vista la perspectiva deberíamos recordar, sin quitarle ojo al pendón textil ni al, en ocasiones, pendón humano que lo enarbola por el mástil o lo posa sobre los hombros, que, pese a la sobredosis patriótica, ellos, están aquiiiií. Que diría atinadamente la niña de Poltergeist. Bueno, que aquí siguen en modo ectoplasma.

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