Oigo patria tu aflicción, pero ¿oyes tú la mía?

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoQue si irá o ni irá Puigdemont al Senado para que le lean el artículo 155 de la cartilla; que si allí coincidirá con Rajoy para un cara a cara a la hora hache del día dé; que si antes, después o en el ínterin declarará el primero la independencia que le afea el segundo al alimón con la convocatoria de elecciones o sin ella; que si la segunda opción será suficiente, o no, como para que le sea levantado el desalojo que pende sobre su cabeza y las de sus consellers; que si se celebrarán a finales de enero o se agotará el plazo de seis meses; qué si la aplicación del precepto constitucional inexplorado hasta ahora y, por lo tanto, con su desarrollo administrativo y sus efectos sociales desconocidos, supondrá el principio del fin o el fin del principio. Que calendario más diabólico. Qué agenda más confusa. Qué batiburrillo y qué taquicardia. Tanta como la víspera del enésimo partido del siglo de la temporada. Igual que en el momento en que empiezan a rodar las bolitas numeradas del sorteo del gordo. Así las cosas, no hay nada de extraño en las estadísticas que cuentan con presunto rigor científico que el consumo de ansiolíticos y antidepresivos se ha disparado con el contencioso catalán. Lo que nos permite aventurar que la crisis territorial tiene ya, al menos, dos beneficiarios.

Uno: la industria farmacéutica, que sigue haciendo caja con la desazón universal que comenzó hace ya casi una década, cuando el desbarajuste económico, los recortes y sus daños colaterales sobre el empleo, las prestaciones sociales y los derechos propiciaron una escalada en la tensión aborigen que se vio acrecentada a medida que los cabos que se iban atando permitían constatar que mientras la mayoría pasaba las de Caín una elite depredadora e insolidaria arramblaba con los bienes comunes a ella encomendados o incrementaba desde la legalidad más inmoral su patrimonio merced a una desgracia ajena que abarcaba desde los desahucios inmisericordes hasta los rescates bancarios sin retorno.

Y dos: el Ejecutivo de Mariano Rajoy y el partido que lo sustenta. El victimismo, el tacticismo, las trampas, las sonrojantes mentiras, la persistencia en negar la mayor y las burdas manipulaciones de Puigdemont y sus secuestradores tienen su correlato en las medias verdades la resistencia a admitir la parte alícuota de responsabilidad por haber llegado hasta aquí y la pasividad estratégica de un Gobierno central que ha encontrado en la confrontación la panacea: cegar o intentar minimizar el afloramiento de sus trapos sucios aireados en alegatos tan demoledores para sus intereses como el de la fiscal de la primera etapa del ‘caso Gürtel’, de un lado, y poner de nuevo al PSOE frente a sus tradicionales fantasmas, del otro.

Aunque resulte manido conviene repetir, ahora que no es descartable que las banderas tornen en lanzas, que quienes invocan con enervante descaro el patriotismo y la legalidad y manosean la Constitución con lascivia son los mismos –o sus herederos–  que por acción u omisión violentaron todos los principios de convivencia y despojaron a sus compatriotas de la dignidad de ciudadanos ilustres para convertirlos en rehenes empobrecidos y amedrentados. Conviene recordarlo, no vaya a ser que los villanos de hace tan solo unos meses acaben pasando a la historia como héroes por un descuido en el orden de prioridades o por una adaptación de la realidad a la conveniencia. Es menester tenerlo presente aunque solo sea para que cuando echemos mano del pastillero en pleno ataque de terror nocturno sepamos que si estamos apesadumbrados, consternados, contritos, desanimados, compungidos, afligidos, insomnes, nerviosos, etcétera, no es por una sola causa, sino por decenas de causas, judiciales las más, que nos tienen al borde del frenopático.

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