Vivir en un cómic

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoAl final va a resultar que Carles Puigdemont es en realidad Abraracúrcix, el jefe de la irreductible aldea siempre acompañado por sus fieles Obélix, es decir, Oriol Junqueras, que se cayó de niño en la marmita donde Panoramix, pongamos Joan Tardá, cocía la poción mágica tras hacer acopio de muérdago alucinógeno en el árbol –en el aire, vamos– donde había construido su castillo el bardo Asurancetúrix  o Lluís Llach, por poner un suponer, valga la semiredundancia.

Ya apuntaban maneras la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, como Karabella, la lideresa consorte. O Raül Romeva encarnando al musculoso herrero Esautomatix, siempre abierto a la disputa. Pero dada la épica que había rodeado la revuelta contra el imperio y su César Mariano Rajoy –quién se lo iba a decir a Julio y a Mariano–, con decenas de miles de vecinos, hijos de vecinos y abuelos de vecinos haciendo de porteadores del escudo sobre el que asentaba su anatomía el reyezuelo, y con tan solemnes y beligerantes pronunciamientos y proclamas como los que se han podido escuchar a lo largo de las últimas semanas en el bosque, lo que no podíamos pensar es que la batalla iba a alcanzar semejantes cotas de esperpento.

En fin, que no estábamos siendo testigos de la escritura de un capítulo de la historia contemporánea de España como creíamos, sino del fascículo del cómic de Goscinny y Uderzo que sitúa la acción en Bélgica. Allá, en el corazón partío de Europa, después de proclamar la independencia y de dejar compuestos y sin novia a los soberanistas de quita y pon, marchó el exhonorable junto a una corte de consellers para negar en cuatro idiomas que haya emprendido la vía del exilio aunque así lo parezca, exigir garantías judiciales y reclamar a su desconcertada tropa dedicación exclusiva a la causa habida cuenta el camino que tienen por delante, con unas elecciones que ha convocado el opresor en la confianza de que serán el ungüento amarillo que acabará con las veleidades separatistas sin necesidad de aditivos, colorantes y demás mandanga negociadora, y con el aliento de los tribunales y de la Policía masajeando su pilosa nuca.

De haber comprendido desde un principio que estábamos frente a un tebeo en lugar de ante una tragedia griega nos habríamos evitado más de un sofocón y un par de kilos de aspirinas. Y mira que había indicios. Desde el insólito hecho de que las fuerzas de ocupación fueran acantonadas en un barco camuflado con dibujos del Correcaminos y Piolín hasta la no menos chistosa iniciativa del exconseller de Territorio Josep Rull, que dio pistas para responder a la pregunta «dónde está Wally» que todo el mundo se hacía tras desaparecer Puigdemont del panorama, colgando fotos tomadas en su despacho en las que aparece Tintín vestido de Gabriel Rufián.

Podía haber elegido los dulces perfiles de un gofre, que es tan belga como el personaje de Georges Remi, pero optó por un monigote –sin ánimo de ofender– que además es periodista como el exjefe del exgovern. De excataluña, claro, porque la han dejado convertida en una chapuza digna de Pepe Gotera y Otilio, o de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que no reconoce ni la UE ni la madre que la parió, que diría el otro. No, ese no: Carioco.

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