La normalidad según Rajoy

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDijo Rajoy, o al menos eso creímos entenderle, que las elecciones catalanas se celebrarían cuando las aguas volvieran a su cauce o, lo que es lo mismo, cuando se recobraran unos estándares adecuados de normalidad. Sin embargo, el registrador de la propiedad en perpetuo año sabático que se definió como un político previsible cinco minutos antes de poner patas arriba el programa de gobierno con el que se presentó a sus primeros comicios victoriosos, se enmendó a sí mismo, para variar, y puso fecha a las autonómicas a renglón seguido de destituir al Govern y tan solo a unos pocos días de que Carles Puigdemont picara espuelas a Flandes con un puñado de exconsellers y dejara expedita la antesala del ingreso en prisión preventiva de la corporación separatista al completo.

Habría que preguntar –es un decir– al líder popular qué entiende por normalidad, pero desde luego no parece que sea el idílico lugar en el que nos encontramos. Máxime cuando la letra menuda del artículo 155 está generando tanta polémica como la disparidad de criterios entre el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional en la aplicación de las medidas cautelares a los detenidos. Si Rajoy cree que en este contexto se dan los requisitos necesarios para que la reválida tenga lugar el 21 de diciembre es que su sentido de la realidad es directamente proporcional al sentido común que predica para los demás. La normalidad no puede ser tal en una secuencia de excepcionalidad como la que estamos padeciendo.

Tal vez sea discutible la severidad de las sanciones previstas para el tipo de delitos, matizados o atenuados por el TS, que se atribuyen a los soberanistas que vulneraron todas las leyes, normas y preceptos constitucionales, administrativos y penales que se les pusieron por delante y desobedecieron cuantas requisitorias les fueron presentadas con gran alarde de prepotencia,  patética exhibición de ingenuidad y derroche de emocionadas o indignadas lágrimas, pero lo que resulta incuestionable es que con exdirigentes políticos privados de libertad se puede hablar de todo menos de normalidad.

Veremos si al presidente, cuyos ministros y portavoces orgánicos no cesan de invocar el mantra de la independencia judicial para lavarse la manos en una palangana que resulta, por reiterativa, francamente sospechosa, le sale o no redonda una jugada que está cosechado aplausos y adhesiones a partes iguales, pero también animando el debate entre quienes piensan que es un genial estratega y aquellos otros que sospechan que lo suyo tiene más que ver con la suerte de un dontancredo que fía su futuro y su capacidad ejecutiva al agotamiento de sus oponentes y a la acción del tiempo como elemento sustancial en la oxidación y posterior descomposición de los asuntos pendientes.   

La normalidad que reclamaba Rajoy como condición sine qua non para dar rienda suelta a  a las elecciones a todo meter casa mal con la elevada temperatura ambiental. La agitación en la calle, que previsiblemente irá en aumento de aquí a la víspera del sorteo de Navidad, y la inevitable retórica de los más victimistas de la clase, que seguirán alimentando la caldera del agravio como han venido haciendo hasta aquí con grotescas asimilaciones de la situación actual a un pasado felizmente superado aunque todavía con sombras, no es el mejor caldo de cultivo para lograr algo tan imprescindible como una serena cotidianidad que aligere de carga dramática la consulta. Claro que si la normalidad rajoyana pasa por aportación masiva de leña a la hoguera para lograr una gigantesca humareda que impida al respetable ver con nitidez los problemas judiciales del PP, estaríamos ante harina de otro costal. Y mira, ahí sí. Ahí nos ha dado.

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