Sequía en la reserva espiritual

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSeguimos acordándonos de Santa Bárbara sólo cuando truena. O, para ser más precisos, cuando no cae ni una gota de agua. Por eso ahora, con cuatro años de sequía a nuestras espaldas, se han encendido todas las alarmas. Como tantas otras veces. En su decurso, sin embargo, los poderes públicos, fieles a la tradición más rancia, apenas han hecho otra cosa que utilizar el eterno problemas de la escasez hídrica como arma arrojadiza entre facciones de distinto signo ideológico, confrontando a las comunidades en una grosera confirmación de que los asuntos importantes no pueden ser dejados en manos de unos políticos cuya amplitud de miras no supera el horizonte electoral.

El agua y su reparto, una de las seculares asignaturas pendientes en un país incapaz de consensuar estrategias comunes que alivien la sed de las regiones donde rige la precariedad mediante la combinación de procesos e infraestructuras ya conocidos, o por descubrir a través de la investigación para lograr recursos y racionalizar más la utilización de los existentes habida cuenta el grave impacto del cambio climático, continúa siendo una muestra de que la solidaridad no es nuestro fuerte y de que el sentido de patria tan manoseado a fuerza de veleidades independentistas termina donde empieza el pozo del pueblo vecino.

Seguimos acordándonos de la patrona de los mineros únicamente cuando el ruido supera a las nueces. Tanto da si hablamos de sequía o de soberanismo. ¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí? nos preguntamos asombrados como quien se duele de la costalada tras caerse del guindo en cuya copa ha permanecido durante décadas. Pues con paso firme y marcial. Haciendo camino al andar, que diría el poeta. O mejor, no haciéndolo cuando pudo hacerse y se optó por la cómoda molicie y las musarañas. Perdiendo el tiempo en debates estériles por desenfocados o irrelevantes, cainitas y chinchorreros y consumiendo energía a destajo. Confiando en las rogativas, porque nada más apropiado que una buena lluvia para acabar con una pertinaz sequía. Y viendo pasar el tiempo, como la puerta del Alcalá, hasta que el suflé, catalán pongamos por caso, bajara. Total, no hay mal que cien años dure. Menos aquí.

Y en esas estamos. Ni el suflé catalán baja ni la sequía amaina. Aguardando los partes meteorológicos y los porcentajes de ocupación de los pantanos con el alma en vilo hasta que se opere el milagro allá en el cielo, por un lado, y aguardando a que el poder considerado taumatúrgico de unos comicios resuelva el contencioso aquí en la tierra, por el otro. Habitamos en el bucle y nuestros días son como los de la marmota de la peli. El mito del eterno retorno es una excursión campestre si se compara con el viaje alucinante en el que nos hemos embarcado. De tanto volver al mismo sitio no vamos a llegar a ninguna parte. Hasta el lenguaje contribuye a retrotraernos a otras épocas. Años llevábamos sin escuchar con tanta profusión, y tan mal utilizados por lo general, expresiones y términos como preso político, represión, rebelión, traición, sedición, fascismo, franquismo, etcétera.

Los usan como escupitajos los unos contra los otros. Más los unos que los otros, bien es cierto, y logran que allende sus fronteras, que son las nuestras, la antigualla cale entre los más predispuestos a mantenernos como exóticos especímenes que habitan la reserva espiritual de occidente por más que las evaluaciones de los organismos internacionales sitúen la calidad de la democracia española en unos niveles altos aunque manifiestamente mejorables. Carnaza, no obstante, no les falta sin que sea necesario que los alimente Puigdemont, los alcaldes díscolos o el aparato de propaganda correspondiente. Hay que ser muy políglota, mucho más que el expresidente catalán, para hacerle entender a alguien con dos dedos de frente cómo una democracia plena en una sociedad libre y avanzada es capaz de tolerar un espanto ético y estético del estilo del Valle de los Caídos, por ejemplo. O un disparate como el mantenimiento de calles cuya nomenclatura ofende pese a ser el sujeto activo de leyes que también deberían ser de obligado cumplimiento.

En fin, haría falta algo más que el don de lenguas que transmite el Espíritu Santo a los elegidos para explicar a los aborígenes de los cuatro puntos cardinales –y que lo comprendieran– que se puede estar gobernados por un presidente como Rajoy, con un partido pringado hasta la trancas de corrupción, que exige a los demás el acatamiento de la legislación so pena de excomunión.

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