Otro experimento en el laboratorio alicantino

JESÚS ALONSO


Jesús AlonsoLo que allá por 2015 parecía una jaula de grillos ha demostrado serlo dos años y medio después. El sueño de una noche de verano que supuso para los votantes de izquierdas la constitución de un gobierno local del mismo signo ideológico que finiquitaba dos décadas de hegemonía de una derecha marcada a fuego por la corrupción y el clientelismo, dio paso a una pesadilla de la que ahora, con la ruptura del tripartito, la ciudad empieza a despertar. Con la renuncia de Compromís en primera instancia, y de Guanyar a renglón seguido, a compartir mesa y mantel con un alcalde que tiene abiertos dos procesos judiciales, Alicante afronta el más difícil todavía.

Con un gobierno formado por seis concejales socialistas que deberán multiplicarse no solo para añadir las competencias que han abandonado sus exsocios a las ya encomendadas sino también para intentar atenuar el desconcierto que ha creado el experimento entre los administrados con el fin de minimizar daños de cara a los próximos comicios; un PP renacido de las cenizas que dejaron en la moqueta Luis Díaz Alperi y Sonia Castedo y que supera en dos concejales al PSOE; dos ediles tránsfugas; otros cinco, los de Ciudadanos, disfrutando del viento de cola que les proporcionan las encuestas nacionales, y nueve más si se suman los seis de Guanyar y los tres de Compromís que a partir de ya tendrán que cuidarse muy mucho de no votar con las vísceras las iniciativas del equipo liderado por el alcalde Echávarri si no quieren que se les vea el plumero, tal parece que nos encontremos en los prolegómenos de una nueva prueba de laboratorio en la que los conejillos de indias son, para variar, los electores.       

La pregunta «cómo se ha llegado hasta aquí» rige lo mismo si se trata del numerito secesionista catalán o del fracaso de un envite que nació gripado y se desarrolló en medio de unas hipertensas relaciones personales y políticas para venir a morir en los tribunales, que es donde fallece casi todo por estos pagos. En este sentido, la investigación judicial al alcalde por el fraccionamiento de los contratos de la concejalía de Comercio para eludir el concurso público y por el despido vengativo de la cuñada del líder de la oposición Luis Barcala, a la sazón empleada «temporal perpetua» del Ayuntamiento, parece, aparte de un motivo suficiente como para que el primer edil hubiera abandonado el cargo sin dilación, la excusa que necesitaban dos de las tres patas del taburete para romper la baraja con la que todos han estado jugando durante el bienio negro.

Un periodo de zozobra que termina en fracaso y sin que ello suponga que comience, ni mucho menos, un tiempo en el que los actores de la cosa pública vayan a ser capaces de dar respuesta a los seculares problemas que tiene planteados Alicante. Casi todos ellos, conviene recordarlo, herencia de la oprobiosa etapa popular. Lo cual no debe servir de prueba de descargo en ningún caso. Al fin y al cabo quienes ganaron lo hicieron con la promesa de desfacer entuertos y resolver contenciosos. El PSOE dice afrontar la situación con renovados bríos. Tiene a su favor que puede buscar apoyos puntuales y a la carta en el marco de un amplio espectro ideológico. En su contra, el propio alcalde, su futuro judicial y que el cálculo electoral de unos y el revanchismo de otros primen sobre el interés general, el bien común y todas esas otras entelequias que tan bien quedan en las declaraciones de intenciones.

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