El debate sobre el estado (mental) de Alicante

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoO sea que mientras los niños de San Ildefonso cantan los números que salen del bombo en la infatigable letanía que se repite cada año, los concejales del Ayuntamiento de Alicante estarán cantándose las cuarenta entre sí. Es lo que tiene hacer coincidir el Debate Sobre el Estado de la Ciudad con la celebración del sorteo más estomagante del año, sobre todo si no te toca ni un mísero maravedí. Pero así lo ha querido el alcalde Gabriel Echávarri, biinvestigado por un par de asuntillos relacionados con la administración municipal que le están obligando a entrar y salir de los juzgados con más frecuencia de la que desearía. El hecho de que, para más inri, el pleno se oficie al día siguiente de las elecciones-placebo catalanas, con toda la atención puesta en la aritmética parlamentaria, con todos los tertulianos haciendo cábalas sobre la conformación del Govern y sus hipotéticas consecuencias y con todos los titulares ocupándose de un monotema firme candidato a convertirse en bucle, ha enervado a una oposición que ve en la artimaña de la primera autoridad local un intento de diluir su situación procesal y política en la niebla de la actualidad exógena.

No les falta razón a los grupos consistoriales, incluidos los dos que hasta hace nada configuraban el tripartito gobernante, que vienen exigiendo de forma unánime la dimisión de Echávarri. La triquiñuela del alcalde, que ya el año anterior rehusó participar activamente en el mismo foro, parece más una inocentada propia de los tiempos que se avecinan, o una rabieta escolar, o una chorradilla de esas que suelen protagonizar los chiquillos del gordo cuando se les cae la bolita al parqué o les brota de sus tiernas gargantas un gorgorito, que una decisión consciente tomada por la persona a la que se le supone el bagaje necesario y los suficientes arrestos para afrontar las críticas donde debe hacerlo sin recurrir a disimulos tan inútiles como evidentes. Y no es que el arriba firmante confíe en que un debate como el que nos ocupa –al igual que sus hermanos mayores autonómicos y estatal– sirva para algo más que para decirse los unos a los otros y los otros a los unos de carrerilla lo que ya se han dicho en público de forma más sosegada aunque igualmente entusiasta.

Lo que ocurre es que cuando un alcalde o un presidente de Gobierno (recuérdese el amago-amenaza de Rajoy de convocar las terceras elecciones generales del proceloso 2016 el día de Navidad) recurre a semejantes añagazas con el claro ánimo de tocar las partes pudendas al enemigo a quien se las está masajeando en realidad es a ese pueblo soberano que en infinidad de ocasiones parece liderado por personajes aficionados al Veterano. Con truquitos trileros como el de buscar acomodo entre los abundantes frikis que llenan el aforo del teatro en el que se escenifica la entrañable rifa o en las lágrimas de la enloquecida Marta Rovira para ocultar vergüenzas, Echávarri desprecia la inteligencia de los ciudadanos a los que debe servir con diligencia y deja en evidencia la suya propia.

El divorcio entre los integrantes del ménage à trois que se vislumbraba contra natura en sus inicios no tanto por divergencias ideológicas cuanto por discrepancias posturales ha finalizado como suelen hacerlo muchas de las separaciones al uso: reproches mutuos, polémicas por la pensión alimenticia, adjudicación de responsabilidad y lanzamiento de muebles a la cabeza. Al esperpento le faltaban unas gotas más de chinchorrería para cerrar dos años y pico dilapidados alegremente en una ciudad que no puede permitirse tamaño lujo.

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