El belén catalán

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLo llamativo de las encuestas que dan la victoria a los independentistas catalanes con una mayoría más o menos exigua en las elecciones del 21 de diciembre no es que el separatismo siga siendo la opción con mayor poder de convocatoria, no. Al fin y el cabo, en los últimos años, gracias entre otras cosas a las torpezas y a la miope soberbia del PP, al victimismo bien instrumentalizado, a los incumplimientos gubernamentales y a la habilitación del sistema educativo autonómico como vivero de adeptos, los partidarios de obsequiar con un soberano corte de mangas al Estado no han hecho sino crecer y multiplicarse. Lo que llama la atención es que quienes están captando de nuevo la atención del electorado «indepe» sean los mismos que han conseguido convertir aquella autonomía en una caricatura con un expresidente en el exilio que lanza invectivas desde su refugio en la capital administrativa de una Europa que le ha dado la espalda y que, por lo tanto, es tan perversa como la pérfida España.

Es asombroso, si es que en este país queda todavía algo capaz de sorprender al personal, que el encarcelado cabeza de cartel de ERC Oriol Junqueras, que garantizó en el punto álgido del procés que las empresas no abandonarían Cataluña justo cuando la sangría empezaba a ser torrencial, pueda convertirse en el candidato más votado. O que vuelva a su escaño del Parlament Marta Rovira, la segunda de a bordo republicana que lo mismo dice entre lágrimas que le han dicho que Madrid amenazó con una masacre si no daban marcha atrás, que asegura sorbiéndose los mocos que la declaración unilateral de independencia, de la que ahora abjura, fue un mero acto simbólico cuando la formularon con toda la prosopopeya que hacía al caso la antevíspera de que Rajoy lanzara el obús del artículo 155.

Si. Resulta desesperanzador que el bajo nivel de calidad mostrado por los dirigentes soberanistas –extrapolable por lo demás a sus contrincantes salvo alguna excepción– a lo largo de los últimos meses, que se ha puesto de relieve tanto en su incapacidad para medir las consecuencias de sus decisiones sobre la población aborigen como en sus continuas contradicciones y embustes, en su buenismo chiripitifláutico y en su desprecio a las leyes y a los órganos e instituciones políticas autóctonas y estatales, no sea suficiente causa de despido justificado y sin indemnización.

Se antoja insoportable pensar que tras el día de autos, coincidiendo con el sorteo de Navidad y con las primeras ingestas regladas de polvorones, podamos regresar al belén anterior. Pero más desasosegante resulta sospechar que no hay otra alternativa que la reedición del villancico gane quien gane. Dado que, en cualquier caso, la división en dos mitades de los pastorcillos, trasunto del reparto de escaños en otros tantos bloques irreconciliables está servida, lo más inquietante es que no parece que haya una voluntad real de afrontar a renglón seguido del recuento de votos un problema que requiere dejarse el culo en el pesebre para encontrar soluciones. Si alguien piensa que una victoria de las autodenominadas fuerzas constitucionalistas pondría punto final al secesionismo es que cree en los Reyes Magos.

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