Vuelve Murphy

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoHabida cuenta de que los triunfantes independentistas parecen tan poco dispuestos a renunciar a su nirvana particular como Mariano Rajoy a reunir en una mesa camilla a las partes contratantes para intentar encontrar una solución que ponga fin desde la serenidad y la ausencia de complejos y prejuicios al contencioso y, yendo al meollo de la cuestión, siente las bases para que el disparate no se repita ni en Cataluña ni en otros territorios que mantienen larvadas sus ambiciones secesionistas.

Habida cuenta de que las elecciones que nos fueron vendidas como el restablecimiento de la civilizada legalidad y de la sana democracia frente a la barbarie unilateral separatistas, de un lado, y como la intolerable injerencia del Estado opresor y golpista, fascista, terrorista, franquista, etcétera, del otro, han devenido en a) el fracaso sin paliativos del partido que sustenta al Gobierno central convocante que, casi hasta el cierre de los colegios, había esgrimido con orgullo la aplicación de un ungüento amarillo en forma de artículo constitucional en la confianza, tal vez, de que lo que sembraba en aquella comunidad le daría a la postre una buena cosecha en el resto de la finca patria; b) la victoria de una adolescente formación como Ciudadanos, competidora del PP por la derecha a la par que aliada en el rechazo a entablar conversaciones con el enemigo, que ni a tiros podrá ver colmado el sueño de Inés Arrimadas de sentarse en el Palau como presidenta dada la endeblez del llamado bloque constitucionalista, con un PSOE que no levanta cabeza pese a la sensata osadía de Miquel Iceta y con el pesado lastre de un líder (im)popular como Xavier García Albiol, elefante en una cacharrería no tanto por sus dimensiones físicas cuanto por sus hechuras políticas.

Habida cuenta de que el paisaje que dibujan los resultados no permite aventurar en Cataluña nada que no sea otro insoportable espectáculo trufado de renovado victimismo por parte de los ganadores (máxime después de que a las pocas horas de que los votantes dieran su venia el juez que instruye la causa por sedición decidiera investigar a otro puñado de rebeldes, entre ellos varios candidatos electos) con fuerte aparato de insultos, abundancia de mentiras, hipérboles, sobreactuaciones, lágrimas, ficciones y demás parafernalia ya ensayada en la previa de unos comicios que vaya usted a saber si no serán el prólogo de otros a celebrar en el año que está a punto de romper aguas.

Habida cuenta de que ha quedado clara la falsedad, no por conocida menos frecuentada, de que la masiva participación iba a ser el freno de disco a las ínfulas separatistas y una vez constatado que de la misma manera que Rodrigo Díaz, el de Vivar, el Cid, vamos, ganó batallas después de muerto, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras pueden hacer lo propio pese a su condición de desarmados y cautivos.

Habida cuenta de que, salvo pacto al filo de lo imposible, la Cataluña emanada de las urnas vuelve a mostrar una simetría casi perfecta que nos aboca al bucle.

Habida cuenta, en fin, de todo lo anterior y tomando en consideración algunos otros apéndices, otrosíes e itemmases, entre los que no hay que descartar la posibilidad de que el jefe del Ejecutivo nacional se sienta a gusto con un veredicto que le permite mantener el foco sobre el monotema por tiempo indefinido para dejar en zona de penumbra sus problemas con la Justicia, habrá que convenir en que a su exhomólogo fugado le asiste la razón cuando afirma desde Bruselas que ‘España tiene un pollo de cojones’ y aguardar a que se cumpla una vez más la ley de Murphy que prescribe que todo lo que puede empeorar, empeorará.

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