Pagar los platos rotos por partida doble

JESÚS ALONSO  

Finiquitada ya la primera andanada de los fastos navideños, con los polvorones y demás argamasa pugnando aún por acceder al tracto gastrointestinal para completar el viaje hacia su indigna salida; con los niños de San Ildefonso haciendo gárgaras para recuperar la voz tras el esfuerzo al que sometieron a sus cuerdas vocales ante la mirada embobada de los mayores; con el penúltimo partido del siglo entre los dos imperios del fútbol resuelto a favor, ay, de los sospechosos periféricos; con el rey discurseando tan ricamente como si alguien le hubiera dado vela en este entierro; con el contencioso entre el Estado y Cataluña en la misma casilla en que estaba antes de que el electorado hiciera una solemne butifarra a los incautos que pensaban que muerto el perro, o preso, o fugado, se acabó la rabia; con el milagro del advenimiento del niñito Jesús en forma de salario mínimo interprofesional, y con la FAES de Josemari Aznar contribuyendo con sus impertinenetes críticas a Rajoy al perfecto estallido del Big Bang, llegado es el momento de rebobinar para que la acumulación de emociones no nos impida ver el bosque.

Y así, de sopetón, al arriba firmante le viene a las mientes no tanto que con semejante proliferación de sucedidos en tan breve lapso haya quedado relegada a un breve la confirmación de la multa de 18,93 millones de euros impuesta por la Unión Europea a España por la manipulación de las estadísticas de déficit y deuda en la Comunitat Valenciana mediante la ocultación sistemática de una parte del gasto sanitario. Al fin y al cabo el abono de la sanción con cargo a los bolsillos de los aborígenes del territorio estaba cantada hasta el punto de que Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda y sádico castigador, ya había descontando dicha cantidad de una de las transferencias realizadas por su departamento dentro del modelo de financiación autonómica siguiendo el criterio del Tribunal Supremo.

Lo que irrita, desconsuela y anima a pensar que los propósitos regeneradores y la asunción de responsabilidades formulados con todo el alarde y la prosopopeya que hacen al caso no son otra cosa que fanfarria y decorado, es que precisamente los dos presidentes bajo cuyos mandatos se verificó masivamente el engaño que ha convertido a este país en el primero de Europa en recibir tan severo y vergonzante varapalo disfrutan de cómodos retiros en instituciones mantenidas por los ciudadanos a través de sus impuestos. Que se sepa, ni Francisco Camps ha mostrado su disposición a renunciar al puesto que ostenta en el Consejo Jurídico Consultivo y a las demás prebendas derivadas de su vida pública pasada ni Alberto Fabra ha expresado su intención de abandonar el escaño que ocupa en el Senado e, igualmente, de prescindir de los beneficios obtenidos tras su paso por el Consell en señal de arrepentimiento por sus inacciones, omisiones, consentimientos o tolerancias.

Con lo cual el pagano paga dos veces las culpas de otros. Bueno, más. Porque encima de  sodomizarle contra su voluntad lo que se se espera de él es que le guste.

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