Fantasmas en la Gürtel

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDos precedentes recientes que avalan la evidencia de que la Comunidad Valenciana fue un inmenso laboratorio en el que el PP perpetró todas las irregularidades y desmanes que le vinieron en gana al amparo de sus mayorías absolutas marcan el inicio del juicio por la financiación ilegal del partido.

La confirmación de la multa de 19 millones de euros impuesta por la UE a la Generalitat por la ocultación de facturas sanitarias durante los mandatos de Francisco Camps y Alberto Fabra para maquillar el déficit, que el ministro Montoro se apresuró a deducir de las remesas de dinero estatal que le corresponden a la Administración autonómica, es uno. El otro, el abono de ocho millones en intereses por la no ejecución de proyectos educativos subvencionados con fondos europeos –42,3 millones, de los que fueron devueltos 33–, igualmente con los personajes mencionados más arriba como jefes del Consell, que también han sido convenientemente restados del erario aborigen por la Agencia Tributaria.  

Con tan sintomático telón de fondo, que da más profundidad si cabe a un escenario en el que los fiascos de los grandes eventos, el manirrotismo y las sospechas, condenas y encarcelamientos por corrupción, han sido la nota dominante, la lideresa de la formación conservadora, Isabel Bonig, ha apelado, inasequible al desaliento, a la presunción de inocencia. Pocos días antes de que se sentaran en el banquillo algunos otrora preclaros dirigentes junto al ectoplasma del político que pasará a los anales de la historia por querer «un huevo» al delincuente que representaba en comisión de servicios los espurios intereses en la Comunidad del gran capo Francisco Correa, Bonig tiraba de argumentario a falta de algo más elástico de lo que tirar.

Por eso cuando la vociferante mandamás del PP autóctono reclamó la presunción de inocencia casi inmediatamente después de que el director general de la compañía Gürtel y superior jerárquico de Álvaro Pérez «El Bigotes», a la sazón «amiguito del alma» de Camps, ratificara por escrito al juez que la banda había sufragado con su óbolo campañas electorales populares, daba la sensación de que lo que en realidad estaba haciendo era atribuir a los ciudadanos la condición de presuntos ignorantes. O, ya puestos, de redomados imbéciles. Porque resulta que la financiación de su partido al margen de las reglas del juego democrático es un hecho que corroboraron empresarios como Enrique Ortiz y otros roedores que, pensando tal vez en el Titanic, abandonaron el barco y cantaron como tenores para atenuar las penas que les pedía el fiscal.

Inevitablemente, el juicio en cuestión nos trae a la memoria las hilarantes grabaciones de las conversaciones telefónicas mantenidas entre Francisco Camps y el conseguidor Álvaro Pérez al hilo del no menos jocoso asunto de los trajes entregados gratis et amore al entonces reyezuelo territorial del PP con la etiqueta de una sastrería madrileña. Entre otras cosas, aquél sainete sirvió para demostrar que Camps, quien venía negando que conociera a su interlocutor como si se tratara de San Pedro haciendo lo propio con Jesús, era un perfecto embustero. Y sobre el procesamiento y sobre el recuerdo planeará también el registro sonoro del fantasma de Mariano Rajoy diciendo, tal vez en un mitin pagado por los golfos apandadores, aquello tan poético de que siempre estaría detrás, delante o a un lado de su barón valenciano. Personaje de tebeo éste último que, por lo demás al igual que su sucesor, sigue disfrutando de un sueldo pagado a escote por sus convecinos sin que nadie tenga a bien explicárnoslo. Bueno, a lo mejor la propia Bonig o su espíritu puede. ¿Pero quiere?

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