Rajoy al ataqueeeer

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoMariano Rajoy seguirá una táctica netamente militar en las campañas electorales de 2019 para protegerse del frío aliento de Albert Rivera que siente en el cogote desde la celebración de los estrafalarios comicios catalanes del pasado diciembre. Con la pretensión de abortar el acoso de Ciudadanos, el líder del PP ordenó en Sevilla a su desanimada tropa dar la batalla «barrio por barrio, casa por casa, todas las horas del día y todos los días de la semana». Con lo cual muchos de los aparentemente embelesados por la arenga se quedaron con la duda de si el jefe acababa de tener una revelación tras un encuentro onírico con Napoleón o si les estaba sugiriendo que se disfrazaran de pastores de la Iglesia Evangélica y Episcopaliana del Séptimo Advenimiento, o así, para hacer llegar a los hipotéticos catecúmenos la buena nueva de que los «populares» son una «formación útil para España» y no un «partido de aficionados».

Tocó Rajoy al ataqueeer, que diría Chiquito de la Calzada, a quien si no echamos más en falta es por culpa de Puigdemont, y asumió un riesgo que todo estratega que se precie de serlo ha de tomar en consideración si no quiere caer en emboscadas. Al no tener el general el horno para más bollos, la orden de desplegarse vivienda por vivienda queda divinamente ante el mapa de operaciones, sobre todo si le asiste su estado mayor y le jalea la soldadesca. Pero el minucioso «peinado» requiere destreza y, sobre todo, la concreción del perímetro del área a batir.

No vaya a ser que, por ejemplo, cuando los comandos especiales toquen el timbre de la posición a conquistar se encuentren con que es la casa de algún familiar de los muchos investigados, o procesados, o condenados, que hay, hubo y habrá en las filas del PP y que en la alacena de la cocina hallen un milloncejo de euros olvidado allí por algún fontanero o montador de muebles de Ikea, como declaró el suegro del alto cargo de Esperanza Aguirre y presunto cabecilla de la trama Púnica Francisco Granados.

O que se den de bruces con el inquilino del sexto ce cuando se dirige al ascensor pertrechado de bolsas de basura repletas de papel moneda de curso legal, como le ocurrió en Colombia a Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid, exmano derecha de la señora que figura unas líneas más arriba y supuesto cerebro del caso Lezo. O que al del quinto be le resbale del portafolios un lingote de oro que, rebotando rebotando, irá a parar a Suiza. Prodigio éste que le aconteció a Eduardo Larraz –casualmente exalto cargo de ¿quién? Pues sí, de Ella–, al que le descubrieron 146 piezas del vil metal ocultas en una honorable entidad helvética.

O que, en fin, tropiecen con el portero de la finca en el rellano de la escalera embebido en la contabilidad: «Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once. 3.000, 4.000, 5.000, 6.000, 7.000, 8.000, 9.000, 10.000, 11.000, 12.000 euros, dos millones de pelas» provenientes de alguna comisionzuela como le sucedió a Alfonso Rus, exalcalde de Játiva, expresidente de la Diputación de Valencia, expresidente del PP valenciano y protagonista de algunos de los más sonoros escándalos registrados en la Comunidad que gobernó el esperpéntico Francisco Camps entre otros linces.

Pues sí. Rajoy tendría que ser un poco más prudente y valorar si las operaciones suicidas le pueden reportar, o no, algún beneficio antes de plantearlas. Tampoco estaría de más que evitará el lanzamiento previo de misiles sin cabeza o con demasiada carga explosiva. Es decir, que tocara a silencio para evitar escaramuzas como las que se han registrado a lo largo de las dos últimas semanas. Primero dando permiso a la ministra de Empleo Fátima Báñez para que deslizara una fórmula encriptada y críptica que garantizaría las pensiones futuras y después poniendo en la avanzadilla a la sin par diputada Celia Villalobos, que añadió a su impresionante currículo con cargo al erario un par o tres de solemnes majaderías. Tomó el lanzamiento del globo sonda precedente como un pistoletazo de salida y se lanzó en una carga que acabó en desbandada en twitter y otras redes sociales. Después de treinta años de servicio público –es un suponer– iba ser recordada por el episodio en el que recomendaba el uso de huesos de ternera para hacer caldo durante la crisis de las vacas locas siendo ministra de Sanidad, o por increpar a su chófer al grito «¡Joder, vamos Manolo. No son más tontos porque no se entrenan» cuando el sufrido conductor y los escoltas se demoraban en recogerla a las puertas del Congreso que vicepresidía.

Pero va a ser que no. Le va a resultar complicado desbancar del recetario su análisis sobre las pensiones, su juicio sobre la vida laboral del respetable en relación al disfrute de la paga por jubilación y, sobre todo, su deseo de retirarse más allá de los ochenta, que convirtió en recomendación universal como si el oyente fuera un tontolaba que ignora los emolumentos que ella percibe y que ha percibido a lo largo de las tres últimas décadas por hacer el papel de bufona en una película a la que le sobra metraje. Distrae, claro. Y por supuesto, eso le viene muy bien a un Rajoy que observa el campo de batalla cogiendo los prismáticos al revés.

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