Bonig y sus circunstancias

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoPudo la escandalosa lideresa del PP de la Comunitat Valenciana, Isabel Bonig, añadir sus votos a los de las otras fuerzas representadas en Les Corts para reprobar a Francisco Camps y reclamarle su renuncia a seguir siendo miembro del Consell Jurídic Consultiu y a las prebendas inherentes a su condición de expresidente de la Generalitat. Pudo, pero no quiso, demostrar con un puñetazo sobre la mesa que el nuevo PP del que alardea nada tiene que ver con la vieja formación política que ha conducido a esta autonomía a las más altas cotas de la ignominia y el descrédito y la ha situado en el top ten de la vergüenza nacional.

Pudo Bonig dar trigo por una vez en lugar de predicar, pero optó por la tibieza de la abstención, esa vía intermedia que utilizan los cobardes para llegar a ninguna parte. Pudo hacerlo para intentar salvar la escasa credibilidad que le queda al PP, pero optó por la paz interna, que en este caso es como la paz de los cementerios, en vez de avanzar por esos complicados vericuetos regeneradores que para ser efectivos implican la asunción de los correspondiente costes por dolorosos que sean.

Lo tenía a huevo la máxima dirigente «popular» tras el aldabonazo del otrora secretario de Organización Ricardo Costa señalando al exjefe del Consell como el maese Villarejo que movía las marionetas emplazadas tanto en el Palau como en la banda Gürtel que suministraba fondos y logística y repartía regalos y cariño al interés más desinteresado.

Después de las declaraciones de este delincuente confeso y devorador de caviar, que se sumaban a las de los otros expolíticos y empresarios encausados, igualmente mangantes arrepentidos por imperativo penal, de las del expresidente de los constructores de Castellón Vicente Monzonís, que reveló al detalle en una emisora de radio las comisiones o «pizzas» de hasta el 30 por ciento que recibía el PP a cambio de adjudicaciones de obra pública, y de las de la exgerente de la formación en Valencia, Cristina Ibáñez, que afirmó ante el juez que ingresaba en el banco paquetitos de dinero en pequeñas cantidades que le suministraban desde la cúpula, Bonig pudo haber hecho un ejercicio de dignidad personal, de honorabilidad política y de rigor intelectual reprobando a su exlíder.

Pudo, pero no quiso. Tal vez porque ella estaba allí cuando se sucedieron los acontecimientos que han derivado en el procesamiento masivo por financiación ilegal. Dejó pasar la ocasión y al hacerlo volvió a situar a su partido en el kilómetro cero de la larga marcha de la corrupción. No hay enmienda. Tampoco propósito de enmienda.

Que Isabel Bonig asistió a la orgía depredadora, siquiera como oyente, es tan verosímil como inverosímil resulta que no observara algunos de los síntomas de la enfermedad que iban a acabar minando la salud económica y el prestigio del territorio en el que nació y creció. Con su papelón parlamentario sigue abonándose a la teoría esotérica abolida por la ciencia policial y judicial de que nadie sabía nada. Ni ella misma, ni el propio Camps ni tampoco, por supuesto, ese gran ignorante que es Mariano Rajoy, conocían ni sospechaban lo que se cocía intramuros.

Claro que también lo desconocían, o lo negaban y se hacían cruces ante lo que consideraban calumnias, ofensas e injurias, absolutamente todos los delatores actuales hasta que el fiscal les aflojó la memoria y los esfínteres. A la espera de condenas y a la vista de las graves acusaciones de los antiguos compañeros de parranda de Camps, lo que resta ahora, con o sin el plácet de Bonig, es esperar a que Anticorrupción evite que el expresidente goce de otro privilegio, el de la prescripción, y lo siente en el banquillo cuando acabe el juicio. Mientras tanto, su estancia en el CJC y la actitud insultante que esgrime este contrastado embustero es una afrenta tan insoportable como la constatación de que no pueda ser desalojado sin más miramientos de su confortable refugio.

El colmo del despropósito que nos rodea es que el presidente del Gobierno central amenace con presentarse de nuevo como candidato. Bueno, el colmo hoy. Mañana será superado por nuevos episodios del culebrón que contribuirán a poner en sordina su vía crucis por los tribunales al mismo tiempo que la, digamos, oposición, sigue papando moscas, embebida en sus cuitas particulares, en sus complejos y en su tacticismo electoralista a mayor gloria de la indecencia. Aun con la absorbente y manicomiable Cataluña como protagonista del día a día, los partidos no deberían perder de vista que están siendo manipulados por un personaje y sus asistentes que no aguantarían ni diez minutos en las instituciones de un país civilizado. El problema en este país no es, ni más ni menos, que él.

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