PorompomPons (González)

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLa abuela siempre se pone de parto cuando la familia es incapaz de asumir una nueva boca que alimentar. Justo en el momento en que las habitaciones del piso no dan para más literas, en que los garbanzos se estiran en el puchero mediante riegos de socorro al igual que se alargan los pantalones a base de descoser el bajo para que quepa en ellos la siguiente generación, y de que los vecinos de escalera están al borde del infanticidio debido a la algarabía subyacente, viene la yaya con sus contracciones y, zas, tierno infante que evacúo por el tobogán de la vida. En la peli de Fernando Palacios, esa que echan todas las navidades en horario de máxima audiencia, el pequeño de la saga se llama Chencho. Y en el teatrillo de la política tanto doméstica como nacional y supranacional la criatura responde al nombre de Esteban González Pons.  

Como no teníamos suficiente con el caos catalán que alientan legiones de descerebrados, con la escandalera de la corrupción que nos sobrecoge y cabrea a partes iguales, con la calculada inoperancia del Gobierno para abordar los problemas que nos abruman en el presente (educación, pensiones, investigación, paro, sanidad, organización territorial, recursos hídricos, etcétera) y que al paso que vamos seguirán desesperándonos (pensiones, investigación, educación, paro, recursos hídricos, sanidad, organización territorial, etcétera) en el futuro, y con la estulticia de una oposición dedicada a papar moscas desde el escaño mientras ve pasar el tiempo con la mano tendida hacia el erario, va la abuela y rompe aguas. En el actual contexto de emergencia sanitaria, sección psiquiátrica, trajo al mundo, además, gemelos.

Primero dio a luz a la cantante Marta Sánchez, que como está mandado portaba bajo el brazo un pan envuelto en la partitura del himno nacional. Puso letra a la música, por supuesto desinteresadamente y sin el más mínimo atisbo de oportunismo, y dejó encandilados a los obstetras Rajoy y Rivera y a un sinnúmero de aficionados al parto con dolor a los que el prodigio que estaban contemplando les provocó un derrame de baba patriótica que a punto estuvo de deshidratarles. Instantes después, envuelto en la nutritiva placenta del servicio público perpetuo, emergió González Pons, que casualmente también transportaba bajo el sobaco una hogaza en forma de sandía –verde por fuera, roja por dentro– igual a aquella con la que deslumbró al respetable cuando siendo conseller de Territorio de la Generalitat Valenciana definió como ecologista la política urbanística que iba a desarrollar en una autonomía degradada por el ladrillo y la depredación.

O sea que el eurodiputado González, al que no se le conocen otras aportaciones al interés general que una sarta de memeces y los crípticos mensajes de cariño que, según cuentan, enviaba durante sus intervenciones en las ruedas de prensa a una antigua novia, quiso ser más papista que papá Rajoy y su corte de los milagros y, además de jalear la iniciativa de la Sánchez, pidió enardecido que cantara en la final de la Copa del Rey la pieza que ha compuesto con la única intención, insisto, de mostrar su pasión por colores. Entre unos patriotas pringados hasta las trancas [enumérense aquí por riguroso orden alfabético] que flamean banderas, banderolas y banderines con la diestra mientras con la siniestra acumulan riqueza sin pararse en barras y otros compatriotas que pretenden dejar de serlo por la vía del frenopático, estamos aviados. Solo faltaba que en plena carrera por ver quién la tiene más gualda se nos colara Operación Triunfo.

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