Anacleto en el Ayuntamiento de Alicante

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoPara convertirse definitivamente en el hazmerreír –o en el hazmellorar, según se mire– del panorama político doméstico, al Ayuntamiento de Alicante le faltaba protagonizar una página de Anacleto, agente secreto. Con los dos alcaldes populares de la ciudad, Luis Díaz Alperi y Sonia Castedo, a punto de sentarse en el banquillo de los acusados por haber trapicheado presuntamente con el PGOU para favorecer al contratista Enrique Ortiz, a la sazón corrupto confeso por su participación en la financiación ilegal del PP de la Comunitat, y con el heredero socialista de los primeros, Gabriel Echávarri, pendiente de lo que dictaminen los jueces después de que el PP denunciara un supuesto fraccionamiento de contratos para adjudicar proyectos de forma directa y el fulminante despido-venganza de la cuñada de su portavoz, Luis Barcala, lo que hizo saltar por los aires un tripartito con evidente ADN marciano, el Consistorio precisaba una vuelta de tuerca para posicionarse holgadamente en el top ten del cómic nacional. Y ahí se ha situado a raíz del episodio de supuesto espionaje que fue desvelado coincidiendo con la entrega de los Oscar de Hollywood.

Como de momento lo único que se sabe es que hace dos meses fue hallado en el mobiliario de la Concejalía de Urbanismo que dirigió Miguel Ángel Pavón hasta que el endeble acuerdo de gobierno entre Guanyar, el PSOE y Compromís saltó hecho añicos al negarse Echávarri a dimitir por sus cuitas con la Justicia, y como quiera que sería precipitado aventurar quién colocó el chisme para espiar a quién, y dada además la circunstancia añadida de que el mueble en cuestión perteneció con anterioridad a la Cámara de Comercio que alquila parte de sus instalaciones al Ayuntamiento, habrá que optar por la prudencia y esperar a que la Policía y la Fiscalía concluyan sus investigaciones una vez recibidas la denuncias de Guanyar y Compromís.

Sin embargo, lo que no necesita moratoria alguna es el reproche a la forma de actuar de Eva Montesinos, la socialista sucesora de Pavón, y, por extensión jerárquica, al papel jugado en el sainete por el propio alcalde. Aunque es más que posible que finalmente todo quede en agua de borrajas, lo que sin duda quedará inscrito con letras de molde en el frontispicio consistorial es, como poco, la torpeza de ambos. Que la mano derecha de la primera autoridad municipal haya respondido para salir al paso del asunto que no denunciaron el caso ni lo pusieron en conocimiento del portavoz del Guanyar ni del resto de la oposición «para no montar circos innecesarios como quiere el PP» (¡circos! dice quien vive bajo una carpa) es la demostración más evidente de que la opacidad, tan combatida verbalmente mediante fastuosos alardes de transparencia, sigue siendo un reclamo para incautos.

La responsabilidad de las autoridades locales que rigen los destinos de la ciudad habría quedado a salvo si al minuto siguiente de ser localizado el artilugio hubiera habido una comunicación formal en dicho sentido tanto a sus compañeros de corporación, y sin embargo enemigos, como a los ciudadanos que eligen a unos y a otros. Ahora es demasiado tarde para frenar especulaciones y disipar sospechas. Perdida la ocasión, que siempre pintan calva, estamos en la fase de dar pábulo a las más rocambolescas intenciones como paso previo a las declaraciones apocalípticas que alimentan la tradicional, sempiterna e insoportable bronca. Solo una pregunta a beneficio de inventario: ¿alguien sabe qué pecado han cometido los alicantinos para merecer esto o, mejor, para tener que cargar con estos... y con los otros como si se tratara de una abusiva penitencia?

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