Rajoy echa el lazo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoA Mariano Rajoy le quedaba el lazo morado igual que la corbata a un minero en horas de trabajo. El presidente del Gobierno se colocó el adminículo en la solapa no para demostrar su comunión con las feministas –y no solo con ellas– en materia reivindicativa, sino para intentar ahorcar la críticas que le habían llovido a raudales tras los pintorescos argumentos esgrimidos inicialmente, y modulados después, por los y las populares para no apoyar la movilización y con la esperanza de capturar algún voto desbocado utilizando la técnica de los vaqueros del Lejano Oeste. Echó el lazo como quien lanza el sedal para pescar en río revuelto sin percatarse –o sí– de que ni el cebo era el adecuado ni el momento el más oportuno.

Al jefe del Ejecutivo le ocurre con este y otros lazos figurados o físicos lo mismo que con el chándal: no le asienta en el cuerpo. Sea por el exagerado braceo que le lleva a derrapar peligrosamente en las curvas o por una deficiente coordinación de movimientos entre las extremidades se le nota que no disfruta del garbeo por la campiña a paso rápido que nos suele mostrar el aparato de propaganda de la Moncloa como prueba de su buena forma física. Es como si las piernas le quisieran llevar por un lado y los brazos por el otro. Y si está en Galicia y llueve, lo cual es una redundancia, la situación se torna más grave porque se le moja el cerebro.

Calada hasta la más recóndita de las neuronas debía de tener la parte de la materia gris que aloja la empatía cuando hace unas semanas respondió con un escueto «no nos metamos en eso» al ser preguntado por el periodistas Carlos Alsina sobre la equiparación salarial entre hombres y mujeres. La respuesta era de aurora boreal, pero como todavía no se había autocondecorado con el lazo cardenalicio que al parecer tiene para él poderes semejantes a los de la criptonita para Supermán, se quedó in albis. Luego se corrigió, claro, que rectificar es de sabios si se hace una vez y de memos si se reincide con contumacia, para acabar abrazando las reclamaciones de las mujeres –y no solo de ellas– en un discurso de postureo que, para variar, concluyó en trabalenguas: «Haré todo lo que pueda y un poco más de lo que pueda, si es que es posible. Y haré todo lo posible e incluso lo imposible, si es que lo imposible es posible», sentenció la víspera de que la otra mitad se echara a la calle y tras una intensa campaña en la que el hilo conductor fue que nunca antes las mujeres habían disfrutado de una situación como la actual.

Idéntico argumento que el que utilizó la fiel infantería del PP con los pensionistas mientras desbordaban las calles en demanda, al menos, de que no se rieran de ellos a la cara. Parece que tenemos un problema de distorsión de la realidad similar al que padecen los zombis, que no saben que están muertos. O sea que la «gente», que diría Rajoy con o sin el lazo prendido en la americana, ignora que es feliz y por eso, ajena a los esfuerzos y sacrificios que se ven obligados a administrar sus gobernantes para procurarles el nirvana, invade los espacios públicos jaleada por una suerte de contubernio judeo-masónico redivivo manipulador y pendenciero. Qué gilipollas ¿no?

Sin embargo, a la vista de que la vitalidad vuelve a bajarse de las aceras para atestar las calzadas, el partido del Gobierno, y con él todas las fuerzas políticas que aspiran a hacerlo mientras vegetan, deberían plantearse si no son ellos los avatares de una realidad paralela en la que, allí sí, siguen corriendo los ríos de leche y miel y los perros, que no cagan en el asfalto, están atados con longanizas. O con lazos de colorines de quita y pon.

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