Segundas partes

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoNo parece que arremeter de forma virulenta contra aquellos a los que has de solicitar apoyo sea la mejor manera de iniciar una negociación. Sin embargo es lo que hizo en primera instancia Lalo Díez, portavoz de la ejecutiva del PSOE, asesor del alcalde de Alicante y, como la primera autoridad municipal, a punto de sentarse en el banquillo junto al otro consejero, Pedro de Gea, por el fraccionamiento de contratos en la concejalía de Comercio cuando la dirigía el propio Gabriel Echávarri.

Pero bueno, como esta es la sin par ciudad mediterránea que cuenta sus alcaldes por imputaciones al igual que cuenta las deposiciones de perros en la vía pública por metro cuadrado, habrá que convenir en que entra dentro de la normalidad que el antedicho soltara sapos y culebras contra los portavoces de Guanyar, Miguel Ángel Pavón, y Compromís, Natxo Bellido, otrora integrantes del frustrado y frustrante tripartito y ahora codiciados objetos de deseo del PSOE, instantes después de que Echávarri proclamara en una intervención póstuma su decisión de dejar la vara de mando en el paragüero cuando se fije fecha para la apertura del juicio oral y con la condición de que su adlátere y concejala de Urbanismo, Eva Montesinos, obtenga una renta básica de quince votos para ocupar el cargo.

Peculiar manera la de pedir con la diestra y atizar con la siniestra que solo se entiende si en realidad lo que se pretende de manera más o menos subrepticia es poner palos en las ruedas a la intención anunciada por el difunto. Si de lo que se trata, como afirman los proponentes con la aquiescencia de la pánfila cúpula socialista radicada en Valencia, es de evitar a toda costa que los populares vuelvan a surcar los pasillos de los salones consistoriales en calidad de propietarios de la nave, desde luego van dados. Y no porque para empezar a frenar a la hidra, que se frota las patitas como la mosca frente a un tarro de miel, hayan tenido la ocurrencia de morder coyunturalmente la mano que les debe dar de comer, sino porque el espectáculo ofrecido a lo largo de los tres últimos años por los tres apéndices del banco sobre el que tenía que sentarse la gobernanza aborigen es en sí mismo difícilmente superable.

Hasta que las dos imputaciones –la segunda de las cuales, referida al despido de la cuñada del portavoz del PP, Luis Barcala, registra ya la petición de procesamiento por parte del fiscal– que penden sobre la despejada cabeza del vengativo e impetuoso alcalde hicieron definitivamente inviable el experimento del tripartito y oficializaron su ruptura, Alicante, que venía de ocupar portadas a costa de los Díaz Alperi, Pitu Ripoll, Sonia Castedo, Enrique Ortiz, etcétera, siguió siendo un esperpento con un gobierno local que hacía las veces de oposición y una oposición «popular» que desde muy temprano vio que le podía tocar la lotería y jugó todos los números.

Entre bisoñeces y torpezas propias como el estrepitoso cambio del callejero franquista, las polémicas de los veladores, de los horarios comerciales, de Ikea, del PGOU o, más recientemente, del estrafalario presunto espionaje, clamorosos fracasos como el de la limpieza urbana, y aciertos ajenos como la rentabilización por parte del PP de todas las penurias, desencuentros y chinchorrerías que rodeaban la gestión del triunvirato, hemos llegado donde estamos: en el mismo sitio. Es decir, en la reedición de una entente cordiale provisional y excluyente, con cortapisas e imposiciones, entre personas genéticamente incompatibles que han cimentado su relación en el odio bizantino y que, por lo que se ve, pretenden reiniciarla sobre la misma base. Aseguran que las segundas partes nunca fueron buenas. Sobre todo si las primeras fueron pésimas, añado. Lo que resulta evidente, desde luego, es que no están los socialistas en condiciones de imponer condiciones, valga la redundancia, a nadie. Y menos con el alcalde biacusado todavía de cuerpo presente.

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