Buena cosecha para ser una polémica estéril

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLa primera acepción del diccionario define el término «estéril» como algo que no da fruto o no produce nada. El presidente del Gobierno Mariano Rajoy utilizó este adjetivo en Argel, tal vez confuso por la influencia de la lengua bereber que se habla en el norte de África, para referirse al escándalo suscitado a propósito del máster fantasma que cursó fantasmalmente en la fantasmagórica Universidad Rey Juan Carlos la presidenta de la Comunidad de Madrid Cristina Cifuentes. Sin embargo, para ser «bastante estéril», la polémica generada por lo que parece un tongo en toda regla está produciendo quintales de mentiras, el afloramiento de miles de hectómetros cúbicos de irregularidades/ilegalidades, toneladas de indignación, carretadas de descrédito académico, una moción de censura a la que no se presta Ciudadanos, partido que cada día enseña más la patita y, en consecuencia, la intervención de la Fiscalía tras las denuncias de los alumnos y de la propia institución sospechosa por marciana. No está mal para un asunto de orden menor que la etérea examinanda iba a despachar en un santiamén, al decir del propio jefe del Ejecutivo, en su forzada comparecencia en la Asamblea capitalina.

Como ya ocurriera con Camps, Bárcenas, Rato, Matas, Rus, Rita y tantos otros, al oráculo de Rajoy le fallaron las pilas. De momento, y a riesgo de que estas líneas pierdan actualidad mientras se escriben, la siniestrada está cosechando un notable éxito de crítica y público. El desparpajo embustero que exhibe sin el menor atisbo de rubor la ha llevado a estrellarse con una pared de hormigón que hace imposible que pueda salir con las uñas limpias del terreno, convertido en lodazal, haciéndose «la rubia», estrategia de la que se confiesa fiel seguidora. Si a falta de pan buenas son tortas, que sentenciaría mi abuela, a falta máster de cuerpo presente buenas son hostias. Y a repartir ese producto que alimenta el cuerpo y el alma, a la par que alivia la tensión interna, se está dedicando este azote de la corrupción a la baja que apesta a cadaverina tras haberse consagrado como una maestra de la transustanciación o, lo que es lo mismo, de la conversión de algo inmaterial en otra cosa igualmente intangible pero servida en un cáliz rebosante de firmas falsas, exámenes no realizados, calificaciones convertibles, actas reconstruidas por encargo rectoral, tribunales ilegales, profesores profanadores de las esencias docentes y demás desbarajustes envueltos como un regalo en papel de celofán, que llevan a plantearse no ya qué se hizo mal sino si hay algo que se hiciera bien en tan estéril pantomima.

La masteresa mantiene su intención de continuar en el cargo a la hora de escribir esto pese a todas las revelaciones que convierten en imposible su defensa. Con ello demuestra que es una aventajada alumna de Rajoy, quien acumulando más motivos para abandonar el timón, ahí se mantiene. Cifuentes y sus sostén ideológico tratan ahora de derivar toda la responsabilidad en la universidad que la obsequió con una muesca más en su currículum. Como en tantas ocasiones a lo largo de esta década larga de desastre ético, se acoge a la salmodia del yo no estaba, yo no sabía y pregúntenle al maestro armero, como quien se acoge a sagrado. Haciendo gala de un cinismo difícilmente superable, se alegra de que la Fiscalía intervenga y se manifiesta confiada en que la justicia lo aclare todo, pretendiendo convertirse así en una heroína mártir de vaya usted a saber qué contubernio. Y atentando contra el más elemental sentido común, quiere hacer creer al respetable que todo se urdió al margen no solo de su voluntad sino de su conocimiento. Ella es la más sorprendida, como está mandado.

¿Estéril, dice Rajoy? Quia. Al contrario. La, a su juicio, improductiva polémica, ha dado generosos frutos. Entre otros ha permitido constatar, aunque maldita la falta que hacía habida cuenta los antecedentes, que la corrupción está en el ADN del PP y en sus principales dirigentes. Y que el Pancho Villa de la tropa, santo y seña de la ejemplaridad que vive del botín catalán (¿hasta cuándo, tras el varapalo de los tribunales alemanes y belgas?) y de la pensión que le proporciona un Albert Rivera tibio en demasiadas ocasiones y calculador hasta la náusea siempre, sigue siendo el problema. Y que aquí el verbo dimitir es de difícil conjugación lo mismo se trate de una presidente de autonomía, un jefe de Ejecutivo, un catedrático de Derecho Constitucional o de Macramé, que tanto da, o un rector, tengan o no un máster expedido por la URJC. Estéril, ja.

Echamos en falta al difunto Labordeta. Si le hubieran hecho cuando les mandó adonde les mandó ahora no estarían donde están. Bueno, sí.

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