Entre el asco y la vergüenza

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEl otrora preclaro prócer de la Generalitat y actual jurisconsulto por la gracia de Dios, Francisco Camps, capataz de las obras para la cimentación de la demolición –valga el oxímoron– de la Comunidad Valenciana, obtuvo el cum laude con la tesis doctoral que leyó en 2012 en la Universidad Miguel Hernández, institución cuya primera piedra fue colocada por el también experto en siniestros Eduardo Zaplana a partir de la expropiación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Alicante. Por cojones, vamos, que diría el energético Arias Cañete, se perpetró una enajenación que permitió acceder a la nueva academia, con cargo rimbombante y poco esfuerzo, por ejemplo, a la esposa de José Joaquín Ripoll, expolítico de amplia trayectoria siempre a la sombra del (im)popular Zaplana hasta que la caída en desgracia del zaplanismo en primera instancia y el «caso Brugal» a renglón seguido frustraron su trayectoria tanto en el PP como en la Administración.

Como no podía ser de otra manera si tomamos en consideración la catadura del tipo, la tesis de Camps Propuestas para la reforma del sistema electoral estuvo rodeada por la polémica desde su presentación. Primero con la denuncia por plagio del profesor de la Universidad Pública de Navarra Jorge Urdánoz que llevó a la UMH a abrir un expediente que sería archivado al concluir que no hubo copieteo pese a detectar, mediante un programa informático específico, un once por ciento de coincidencias con otros textos que no estaban sometidos a derechos de autor. Y a continuación con la pretensión de este rey Midas, que todo lo que toca lo convierte en sospechoso, de mantener en la clandestinidad su trabajo de investigación hasta que una resolución del Consejo de Transparencia le obligó a entregar una copia en el Parlamento autonómico para poner luz donde había imperado la oscuridad.

Pues bien, como no hay dos sin tres y al perro flaco todo se le vuelven pulgas, ahora que los políticos depuran sus currículums con la dieta de la alcachofa a resultas del trastorno alimentario provocado por la falsaria Cristina Cifuentes y sus amigos del estamento docente, resulta que, para variar, también este escándalo tiene una derivada en la patria chica del amiguito del alma de «El bigotes», a la sazón muñidor de gravosos viajes papales, artífice de suntuarias pruebas automovilísticas, ideólogo de empresas constructoras de colegios con las cuentas trampeadas, operador de cámara de la fraudulenta Ciudad de la Luz, pertinaz ocultador del déficit sanitario para que le cuadrara la suma resultante, etcétera. Y más concretamente en la universidad que alumbró manu militari su predecesor y frustrado mentor en los tiempos en que José María Aznar cultivaba la tableta abdominal y aún lucía bigotillo.

Porque, mira por dónde, resulta que el catedrático Enrique Álvarez Conde, director del máster de la aún presidenta madrileña con la venia del inenarrable Mariano Rajoy y de su sostén de copas sin costuras Albert Rivera, que ha sido suspendido en sus funciones por el rector de la URJC Javier Ramos dada la magnitud del desmadre, formó parte del tribunal que nombró catedrática de la UMH a su novia Rosario Tur, cosa fea donde las haya aparte de ilegal. Pero la trapisonda no acaba aquí, porque la flamante titular de la Cátedra de Derecho Constitucional cuya oposición de acceso estudia ahora anular la universidad de Elche, había otorgado a la heredera de Esperanza Aguirre e Ignacio González un sobresaliente en la asignatura en la que se matriculó cuando le vino en gana. Y como había que cerrar el círculo vicioso, que no virtuoso, hétenos aquí que la experta en la Magna Carta que consagra, parece que sobre papel mojado, derechos y deberes, garantiza la igualdad de oportunidades, proscribe la discriminación y demás florituras, fue la secretaria del tribunal de la tesis defendida hace seis años por el probo cristiano, y por lo tanto obligado a cumplir todos y cada uno de los Mandamientos, que quería «un huevo» al mismo Alvarito que había jurado que no conocía.

Uf. Empieza a ser agotador este movimiento perpetuo entre el asco y la vergüenza. Habrá que hacer estiramientos.

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