Abonados a la inopia

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLos expresidentes socialistas Chaves y Griñán se han incorporado a la amplia nómina de políticos que habitaban en la inopia mientras ejercían altas responsabilidad administrativas. En esa suerte de Olimpo de la Ignorancia conviven con otros ilustres supuestos pánfilos, como Mariano Rajoy, por ejemplo, que por no enterarse y pese a estar pared con pared como aquel que dice, ni siquiera se percató del ruido que hacían los «terminator» del PP durante los trabajos de destrucción a martillazos de los discos duros en los que el extesorero Bárcenas había confinado alijos de comprometedores documentos sobre la financiación del partido y otras chucherías.

También toman té con pastas con la infanta Cristina, que no sabía nada, pero nada de nada, por favor, de los turbios negocios de su exconde empalmado aunque formaba parte de la empresa que saqueó decenas de millones de las arcas públicas con la complicidad de una turba de presidentes autonómicos cortesanos, multitud de tiralevitas y no pocos meapilas. O con la exministra Ana Mato, la pobre, que debía tener cera –virgen, eso sí– en los oídos para no enterarse del rugido de los motores de los potentes coches obsequiados por el gurtelino Francisco Correa a Luis Sepulveda cuando los sacaba del garaje familiar para darse un garbeo por sus posesiones de Pozuelo. Más ruido tuvieron que hacer necesariamente los ochocientos millones evaporados en ayudas concedidas a voleo en Andalucía por los gobiernos del PSOE en la etapa que está juzgando el Tribunal Supremo, pero nada, oiga, ambos dirigentes, al igual que Francisco Camps y demás patulea, a lo mejor se pasaban el tiempo en el baño. Y claro, ya se sabe que con el estruendo que causa tirar de la cadena no hay manera de que te llegue nada de lo que sucede en tu entorno. Aunque tu entorno huela igual.

Con los brazos abiertos les habrá recibido Esperanza Aguirre, la expresidenta madrileña cuya condena a permanecer in albis a perpetuidad la inhibe de culpa alguna en las tropelías acaecidas en el territorio que gobernó con mano firme y rostro alelado. Carriles bus incluidos. Y su sucesora Cristina Cifuentes, que acaba de renunciar al máster que nunca existió y atribuye a la Universidad Rey Juan Carlos, emisora del regalo, toda la responsabilidad del escándalo porque, mira, ella era ajena a los tejemanejes de la institución y confiaba en que todo se había hecho en la más estricta observancia de las reglas del juego limpio. Qué cosas: la lideresa renuncia al máster que no poseía pero se mantiene en el cargo que tiene y sus conmilitones, con la ministra Cospedal en primera posición de saludo, respiran aliviados aun a sabiendas de que no hay alivio que dé respiro a un desbarajuste que ha puesto en tela de juicio a la institución académica de forma global y ha situado sobre el tapete el hecho de que, así como el pulpo puede ser considerado animal de compañía, la mentira se debe incluir en el currículum hasta que florece la verdad, momento a partir del cual es menester la poda de contenidos.

Sigue cabalgando el espectro de Cifuentes despojado del máster-sudario cual Lady Godiva; reincide Rajoy manteniéndola con la fosa abierta y se resiste Albert Rivera a grabar el epitafio en la lápida póstuma. Continúan los apoyos imposibles y las alabanzas inverosímiles. Sostenella y no enmendalla, que al fin y al cabo este es un país tan condescendiente que se permite la astracanada de tolerar a un presidente como el actual contra todas la leyes de la lógica, incapaz de hilvanar dos frases sin leerlas en la chuleta o trabucándose en un trance impropio de un registrador de la propiedad, y a una oposición cómodamente apoltronada en la ineficacia. Se consolida la estupidización o el pasotismo del respetable por sobredosis de una anestesia cuya composición es, a partes iguales, yo no sabía, yo no estaba y me lo dijo Pérez. Aquí pasamos del blanqueo de capitales al blanqueo del historial académico sin que nadie sepa cómo se ha obrado semejante prodigio. Y tan anchos.

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