Franco, este hombre

JESÚS ALONSO

Jesús Alonso¿Seguirá estando el presidente de la Generalitat Ximo Puig tan orgulloso de sus compañeros alicantinos como afirmó que lo estaba el domingo día 22 en el acto/ágape organizado para lamerse las heridas y los dedos después de que la aspirante Eva Montesinos se quedara con la mano en el pomo de la puerta del despacho de la Alcaldía que había ocupado interinamente al no lograr los apoyos necesarios?

¿Continuará el líder de los socialistas aborígenes tan convencido como dijo ese día, con la sonrisa de circunstancias a que obligaba la situación, de que su partido se encontraba a tiro de piedra de recuperar el gobierno de la ciudad en las elecciones del año próximo?

¿Se mantendrá el campeón de la cruzada reputacional de la Comunitat en el empecinamiento de que la expropiación por los «populares» de la vara de mando municipal obedece exclusivamente a la acción reactiva de la tránsfuga Nerea «la Malpagá» Belmonte, sin endosarle un ápice de culpa a la manicomiable gestión de Gabriel Echávarri como primera autoridad, y con él la del tripartito fenecido?

¿Si se viera obligado a ello, defendería otra vez que sus compañeros del sur habían actuado con ética y responsabilidad y siempre pensando en los ciudadanos frente a aquellos oportunistas que anteponen los intereses partidistas y personales al bien común, el interés general y demás zarandajas?

Habría que preguntárselo al jefe del Consell, que uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice, pero después de que la ejecutiva autóctona decretara el fusilamiento de Eva Montesinos como portavoz del grupo socialista subsiguiente a la traumática pérdida del poder local que finiquitaba el experimento de mezclar churras con merinas en el mismo pesebre, parece que, como poco, se lo pensaría antes de responder.

¿Recuperar el poder en 2019 con el PSOE abierto en canal para variar, con la navajas refulgiendo en los despachos orgánicos cuyas luces enciende y apaga a voluntad esa especie de fantasma de la ópera que es Ángel Franco, el hombre que lleva décadas meciendo la cuna socialista con resultados inmejorables para la derecha? ¿Ética y responsabilidad atribuye Puig a una troupe que se pliega al exsenador que mantiene excelentes relaciones laborales y de otra índole con el rey de la basura Enrique Ortiz, pregonero de los juegos florales organizados en su día por los exalcaldes procesados Díaz Alperi y Sonia castedo? ¿Intereses personales de los conservadores frente al sacrificio y amor al prójimo de sus afines teniendo como tiene al frente del desaguisado, aunque oculto entre los cipreses que dan sombra al cementerio, a un menda que pone y quita alcaldes sin que el tránsito afecte a familiares con nómina pública situados en asesorías estratégicas?

Cuando su patrocinado, el exalcalde Echávarri, aseguró que el PSOE necesitaba más ángeles francos al hilo de la dimisión provocada por sus dos procesamientos, Ximo Puig debió cruzar los dedos en lugar de cruzar medio mundo para vender las excelencias de su patria chica en el Lejano Oriente. Pero huyó para no ver lo que ocurría en el Levante Próximo. Y lo que sucedía no es otra cosa que más de lo mismo. Ahora que empiezan a removerse los cimientos del Valle de los Caídos, el secretario socialista debería empezar a pensar en cómo deshacerse del cadáver de Franco. Es un decir, claro, porque el intrigante superviviente es bien capaz de inhumar a todo el PSOE y encima llevar crisantemos a su tumba y rezar un responso. En eso está y así se verá, si nadie lo remedia con un primoroso trabajo de escalpelo y pese a la ficción propalada por Puig, en poco más de un año.

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